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“De vez en cuando la vida te invita.....”

Relato de Jan Ernesto - Publicado el 01/01/2008

Lugar de partida: Luyaba (Córdoba)
Lugares visitados:

Viajeros: Jan Geertsen

Vehículo: Kangoo
Alojamiento: Luyaba


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PruebaPor mi trabajo, cada mediados de enero me instalo en la casa de unos amigos en Luyaba, pequeña localidad de Córdoba. Más precisamente en Traslasierra como denominan ellos al valle que se ubica al oeste del cordón de la Sierra de los Comechingones.

De norte a sur, en esa zona se suceden una serie de localidades turísticas, algunas muy conocidas como Mina Clavero, y otras menos nombradas como Villa de las Rosas y San Javier por nombrar algunas.

La “Negra Cristina”, así la llamamos todos, querida anfitriona de la casa de “Los Stival”, y que también es propietaria del Camping Luyaba (un buen lugar para quedarse unos días y disfrutar la naturaleza), me incitó varias veces a que conozca mejor los pagos, los poblados, parajes y vericuetos serranos. Ella, como pocos, los conoce desde su niñez atento a que su familia vivía en San Javier, y es una verdadera enciclopedia viviente de la zona.

PruebaEl trámite es simple: salirse de la ruta de asfalto que cruza el Valle, e ir hacia los poblados recostados sobre la ladera de los Comechingones.

Fue así que una mañana, salteando unas horas de la jornada laboral, me dirigí a La Paz, último poblado importante sobre la ruta provincial 14 antes de arribar a Merlo en San Luis. Por instrucciones de La Negra, una cuadra antes de llegar a la plaza doblé hacia la izquierda y me dirigí a los cerros que se levantan como montañas al este del valle.

Fue como sumergirse en un sueño extraño. En el marco de una vegetación añeja, casi agobiante, que contrasta con cierta aridez general del valle, por caminos vecinales de tierra y ripio, fui descubriendo viejas casonas coloniales abandonadas, algunas prolijamente reacondicionadas y otras llenas de remiendos atestiguando que alguien vive allí. El verde intenso de la vegetación autóctona (la que logró salvarse de las depredaciones comunes en la zona), conviviendo junto a otras variedades anexadas al paisaje por la mano del hombre, parece esconder al poblado que, a solo 1700 metros de La Paz, se llama Loma Bola: mi destino aquella mañana.

En el centro del paisaje, justo antes de que el camino trepa serpenteando más intensamente la ladera de lo cerros, se encuentra el Hotel Loma Bola, una verdadera sorpresa por su excelente mantenimiento, orgulloso de su pasado y a la sombra de un roble centenario inmenso. El camino sigue subiendo y se descubren junto a otras casas coloniales (o de estilo inglés), nuevos complejos de cabañas con todas las comodidades y casas de fin de semana. Cuadro que se repite por casi todos los caminos vecinales. Refugios de quienes parecen ocultarse de la gran urbe y desean no ser vistos salvo por los cientos de pájaros que pueblan el lugar.

Sin embargo, apenas uno llega a cruzar las líneas urbanas de La Paz, e internarse en este paradisíaco paraje, como discutiendo la pretensión del anonimato de algunos, aparecen carteles con los anuncios de artesanos, complejos de cabañas, casas en alquiler, venta de hierbas, chivitos recién carneados o a pedido, etc. Y no es difícil cruzarse con sulkys ofreciendo pan casero, leche fresca y verduras de quintas. Es imposible no bajarse del vehículo y caminar un rato, llenarse los ojos de verde, el olfato de sus famosas hierbas medicinales mezclados con perfume de flores silvestres, los oídos del canto simultáneo de miles de aves en lo alto. Por unos instantes olvidarse de los celulares, la televisión, el ruido urbano y, en general, del bombardeo de información por todos los medios modernos.

PruebaSi además, uno se desestructura un poco más, y se comunica con los lugareños, aquellos que aun recuerdan “los primeros tiempos”, es posible conocer algo sobre la vida sencilla y laboriosa, ligada a los frutos de la tierra, de aquellos que iniciaron la conquista en la región. Historias de familias que llegaron a la zona y se enriquecieron gracias a años de buenas lluvias y esfuerzo de muchos, y también de aquellos que no pudieron soportar los años de sequía y se fueron a buscar suerte a otra parte. Pero “la gente del lugar” sigue allí, no todos se fueron y algunos volvieron a vivir su vejez con nostalgias de su querencia. Nada va a impedir que el progreso invada todo poco a poco. La industria turística ya esta presente y ha llegado para quedarse. Y seguramente será para bien de muchos, aunque esperemos que los que hoy disfrutan del lugar sepan ir adaptando el progreso a la conservación, como emblemáticamente propone el Hotel de Loma Bola. Siguiendo cientos de ejemplos de la vieja Europa, que justamente gracias al turismo supieron incorporar muchos de sus parajes rurales al mundo moderno conservando el encanto de su antigua historia.

Se que Joan Manuel Serrat tuvo otra fuente de inspiración, pero estas estrofas vinieron a mi mente esa mañana, dándole un nuevo significado tal vez.

De vez en cuando la vida
Se nos brinda en cueros
Y nos regala un sueño
Tan escurridizo
Que hay que andarlo de puntillas
Por no romper el hechizo

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