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Los gigantes que descubrì a mi lado II

Relato de Oscar - Publicado el 11/06/2011

Lugar de partida: Lisandro Olmos (Buenos Aires)
Lugares visitados:

Viajeros: Lorena, Clarisa, Javier, Micaela (en la panza), Karina y Oscar

Vehículo: Peugeot Partner
Alojamiento: Casa en Uspallata


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Por la càtedra que estaban dando mis hijos, se lo merecìan todo, aunque estaba atento a enseñarles que existen los imposibles, lo costosamente posible, los reemplazos convenientes, y por sobre todo el protagonismo del esfuerzo como la responsable conducta para merecer lo deseado.

El dia estaba joven y soleado tras el quiebre de la media tarde. Con la panza llena se durmieron el resto del descenso a la ciudad de Mendoza. Planos mediante y preguntando a la gente fuimos penetrando al corazòn del oasis pedemontano con algunas dificultades por no conocer. El paseo por el rosario de plazas y el centro estuvo magnìfico, nos apurò la caìda libre del sol tras la cercana Cordillera, cuestiòn que me llevò a pensar en el bautismo de fuego que serìa manejar de noche hasta Uspallata. Para relajarme un poco, terminamos la caminata sentàndonos a la mesa de un bar en la peatonal Sarmiento; atestiguamos el movimiento de desconcentraciòn de la gente hacia sus hogares finalizada la jornada laboral. Los cascarones de hielo y nieve arribeños, deslizaban su frescor hacia la ciudad, apurando el paso de los precavidamente abrigados mendocinos. Nos plegamos al ritmo yendo al estacionamiento en busca de la camioneta para volver a nuestro lugar de origen. Encontrar el camino a casa estuvo complicado: “Despuès de dar mil vueltas y terminar mareado como un loco…”, parafraseaba cantando mentalmente a los Enanitos Verdes, banda de rock oriunda de esta ciudad (track “Tengo que parar la màquina”). Hasta dar con las troncales que nos interesan a los viajeros de paso, andàbamos perdidos, y las voluntariosas explicaciones que nos daban se hacìan inconsistentes al potenciarse nuestro desconocimiento con la distracciòn provocada por el trànsito en hora pico. Al ir encaminados, jurè tomar un vino, una vez calentitos en la casa.

La subida a Uspallata si es dificultosa de dìa, lo es mucho màs en horas de la noche, porque la visiòn se limita hasta donde da la proyecciòn de luces propias, y no se puede especular una conducciòn global como viendo por anticipado la topografìa a la luz del dìa. Los camiones que suben a esperar su turno de aduana en los playones de arriba, son numerosos y ponen una cuota de peligro si no se los calcula como algo propio del camino; pero la ruta es de tràfico mixto, y se encuentran trabajando, asique hay que mantenerse a la defensiva tomando los recaudos. Gracias a Dios llegamos, un poco cansados pero bien; durante la vuelta me fijè el aprendizaje de planear por dìa un solo paseo y no dos.

De pasada por una rotiserìa compramos unas milanesas, la entrada al regimiento era ya una rutina. Nos esperaba la casa acogedora, la cena, tambièn una ducha caliente…; y pensar que a la llegada cuando averiguàbamos por casas o cabañas, me parecìa un tanto ridìcula y hasta especulativa la aclaraciòn de los propietarios que las casas estaban calefaccionadas las veinticuatro horas “para que siempre estèn calentitas para cuando regresen de los paseos”, justificando por ello una diferencia en el precio…ahora digo: “màs justo imposible”. Despuès a dormir enseguida como en casa…¡nunca!, pues venìa el moño azul que era recordar pormenorizadamente los sucesos sobresalientes del dìa (habìa que escucharlos…los detalles que entendìan que eran sobresalientes: las cosas que llaman la atenciòn de los chicos no son las mismas que a los grandes, escuchàndolos se estrecha uno con su niñez), en la sobremesa, todo el mundo permitido de horarios ya que estàbamos de vacaciones. Cumpliendo mi juramento de relajaciòn, degustè un tinto mientras nos regocijamos de acompañarnos mutuamente. Los chicos examinaban sus compras de la feria de plaza Independencia, ella tambièn sus cambalaches para los parientes y amigos. Pensaba lo siguiente: estaba incorporando a mi organismo un tumulto de situaciones envasado en una botella, el resumen gustoso del emblema regional. Bebiendo del agua deshelada de la nieve donde nos reimos a la tarde, que luego de bajar por una acequia hasta que el tomero dio turno a la vid que la incorporò, se hizo fruto sorbiendo de la tierra que vinimos a recorrer, y a la luz del sol que nos deja ver sus bellezas. Ayudada con el cuidado de la gente laboriosa cuya vida està dedicada al trabajo en pos de su sueño, y se pasan la vida soñando. Sueños que respeto y hago mìos al momento de gozar su producto, al momento de saludarlos a la vera del camino o cederles paso cuando hacen mandados al atardecer en bicicleta cuesta arriba, al estrechar su mano o consultarlos sobre la visita hacia tal o cual lugar. Respeto que merecemos todos los trabajadores, y al primero que respeto es a mì mismo con mi familia por detràs, por eso en la dignidad de mis posibilidades me permitì cumplir el sueño largo de tres años. Les dejo la humilde nota especiada de la risa sonora de mis hijos que harà eco en alguna vieja vid que no es sorda, para futuros vinos, como sè que el que bebì posee alegrìas como tambièn tristezas ignotas.

El ùltimo dìa tratè de levantarme lo màs temprano posible, logràndolo a las ocho y media; quedaba toda la jornada por delante y como el trato de la casa era hasta el mediodìa, esa situaciòn nos volvìa a colocar en la posiciòn de errantes, pero satisfechos. Salì en busca de la persona que hizo las veces de conserje y le paguè lo convenido, mientras el resto desayunaba. Le manifestè lo grato de la estadìa, relatando cortesmente los paseos realizados desde esa preciada base. Reunìamos el equipaje cuando sentì unos golpes en el patio, era el albañil que desencofraba la losita que serìa una churrasquera; todas las mañanas adrede le conversaba para desembocar en una charla orientativa que terminaba dàndome, pero ese dìa lo sorprendì hablàndole de albañilerìa y de construcciòn, finalmente elogiàndole el trabajo le di un apretòn de mano agradeciendo sus guiadas. A los centinelas, al paso les obsequiè un licor de chocolate.

-Para que se calienten en las noches frìas…- le dije a uno.

-Uh…! ¿Alcohol señor?- se alarmò al ver dentro de la camioneta la botella que ni loco sacarìa a dàrsela sin su consentimiento, ni a vista de terceros.

-¿No te comprometo?- continuè.

-Traè la bolsa…- le dijo a su compañero que habìa ingresado a la garita al pasar nosotros aminorando la marcha (aquèl lo entendiò màs por las señas, actuando ràpido y volviendo a su puesto con el obsequio dentro de una arpillera).

-Buen viaje, disfruten- nos despidiò miràndonos a todos los agradecidos.

Nuevamente deambulamos, llegando a la despensa de Pèrez para llevarle no solo el que correspondìa a èl, sino otro vino reconocido màs; uno en agradecimiento a la fructìfera ayuda que nos dio, el otro, de castigo al “conserje” por referirse a la persona de Pèrez con comentarios innecesarios que para nada me interesaban, sentì haber impartido justicia ya que el vino de màs para Pèrez correspondìa al “conserje”, antes de haber hablado mal de su ex colega. Hasta fui protagonista de esta historia breve, ejemplificadora, de un juez imparcial que ve la situaciòn general de los hechos, que tiene en sus manos los premios y castigos.

Posterior a la carga de combustible, nos sacamos las ganas de alguna que otra artesanìa por el centro. Los nevados nos acompañaban en el descenso hasta perderlos de vista, como incrèdulos que los abandonàramos. Me expresè con idènticas palabras que una vez escuchè de boca de mi padre, de paso por el mismo camino junto a mis hermanos y mi madre: “Abran bien los ojos porque no sabemos si alguna vez vamos a volver a ver estos paisajes”; tanto màs por càbala tambièn, porque heme aquì que con el corazòn querìa volver para mostràrselos a mis hijos, y ahora que ellos vuelvan alguna vez con los suyos (de esta forma dejar el gesto para la posteridad).

La bajada es vistosa y entretenida hasta Lujàn –es que uno a la vuelta està empachado de bellezas y resta importancia a lo que primero admirò-. Una vez en la ciudad dimos un respetable paseo, porque la conocimos vacìa una madrugada.

En el interìn retomè la inquietud que me habìa provocado la vista del embalse al arribar unos dìas atràs, y como era temprano segùn el plan de viaje de vuelta, decidimos llegar hasta Cacheuta, ya que actualmente de Lujàn a Uspallata se desvìa rodeando dicha localidad por encontrarse “debajo” del dique. Durante el trayecto por el viejo camino ahora sin salida, recordè mi primer contacto con la montaña, hacìa diecinueve años. En aquella ocasiòn viajaba con la familia primaria (padres y hermanos) hacia la ciudad de Lima, Perù. Luego de un accidentado recorrido de todo el largo dìa, llegamos muy cansados a intentar cruzar la Cordillera; no tenìamos ni idea de la magnitud de la pretensiòn, quedando Cacheuta por aquella època como paso obligado. Luego de la graciosa noche en que nos arrepentimos de continuar, vislumbramos al amanecer toda la belleza de los paisajes, con especial interès el paraje merecedor de nuestra actual visita. En esporàdicos viajes de mi padre en òmnibus para visitar a mi abuela al mismo Perù, nos traìa noticias de la construcciòn del Embalse Potrerillos, para el aprovechamiento de la fuente de agua como energìa y para riego, con el sacrificio de la perdiciòn de las partes inundadas y aislamiento de Cacheuta.

El propòsito de volver a llegar era reposicionar en la memoria los momentos de hacìa casi dos dècadas, cambiando el punto de vista desde conducido a conductor de la expediciòn. Y en una especie de bizarro Vìa Crucis, evoquè los hitos de aquella lejana noche.

Antes de iniciar almorzamos un sabroso sùper lomito completo que llevamos para comer en el restaurante cinco estrellas y un sol (ahora nos tocò el sol), de una casa de comidas en Av Sàenz Peña, antes de la rotonda de la virgencita –que apenas pudimos terminar entre todos-. De allì a la recorrida històrica personal, novedosa para los demàs.

Un derrumbe sin despejar en el primer tùnel de la subida, ùnico ahora en este camino, me causò una impresiòn decepcionante. El balance entre mantenerlo desbloqueado o abrir esquivàndolo un camino ripiado por fuera, dictaminò la ùltima alternativa visto que circulaban sòlo vehìculos de pequeño porte. El reencuentro con el pueblo de casas encimadas a un lado de la ex ruta internacional, en el marco del profundo encajonamiento de lo màs bravo del rìo Mendoza, resarciò el marcado estado de abandono del acceso. Mi intriga por Cacheuta quedaba esclarecida, develàndose al unìsono en el suspiro con que entregaba las silenciosas conclusiones al mundo exterior. Sabìa ahora allì a un tesoro escondido en le precordillera, un lugar jubilado del bullicio de los motores de camiones y micros forcejeando contra los planos inclinados de la carretera, allì por siempre para quien lo buscara y se buscara a si mismo.

La quietud del instante en que el sol pareciò iniciar el raìd de su caìda, inmovilizando las colosales marionetas de las sombras, en que la tibia brisa muriò dando a nacer al aire fresco que demarcò el comienzo de la tarde de allì en màs, me invadiò de una plena paz por haber posibilitado el rescate de mi madurez, despuès de titànica lucha, donde prevalecieron valiosos aprendizajes que sojuzgaron todas mis dudas.

Al final del camino, donde a partir de una barrera restrictiva al trànsito no autorizado se extendìan antiguas bellezas ahogadas, me convencì que habìa que pegar la vuelta. El apacible paraje se me signò de una reciprocidad concluyente, como jurada por el destino.

Sabiendo despedirnos de las vacaciones, era el lugar donde aflojar rienda al deseo de llevarnos recuerdos; aprovechando el emplazamiento de un camino sin salida, habìa una galerìa semiambulante de artesanìas donde compramos variado de nuestro gusto. Una cerveza Andes acompañò mi complacencia por el precipitado ocaso.

El acomodamiento del equipaje, los abrigos, la revisiòn de la camioneta con equipo de mate y comestibles a mano, estaba en marcha para emprender la vuelta. Ya al cargar todo a la mañana, los chicos habìan preguntado si volvìamos a casa, la respuesta nunca fue que sì, y de yapa dimos una vuelta de casi dìa entero.

Tejìa una planificaciòn nada estricta para el regreso. Durante lo extenso del mismo, los recuerdos eran botìn codiciado de la imposiciòn cerebral que al cabo empataba amigàndose a lo almacenado en el corazòn, puesto que en el propio viaje que es la vida, el equilibrio entre ambas partes busca consensuar la realizaciòn de nuestros proyectos.

Tuvimos a mano el enriquecernos un poco la vida, y se me hincha el pecho de recordarlo sin temor a lo que pudiera ocurrir despuès, pues me enseñò el corazòn a ponderar el presente. Y quise, como ahora materializar la construcciòn de nuestros sueños momento a momento, sorteando obstàculos inmensos y derrumbando los insalvables; porque la lecciòn de aquella semana me inyectò la bravura de saberme capaz de revertir años de desearla, convirtièndolos en el combustible que impulsò el motor de ese descanso, que se me ocurre llamar “encuentro”.

Los Gigantes Dormidos me atrajeron por el misterio que los circundaba. Algo allì siempre a mi paso hacia otro destino, digno de ser profundizado, me llamaban a su encuentro. Porque el destino me guiaba como a los Patriarcas (zanjando las inmensas diferencias), preparando largamente el terreno para una final redenciòn –palabra mayor inevitablemente ùnica para la idea-, y que èsta quedara latente para la posteridad que la elija o la rechace. Asì se fueron desencadenando sucesos hasta madurar la hora de la promesa a la Virgen de Fàtima en la Cruz de Paramillo. Pero pasajero golondrina veìa siempre incompleto al paisaje, peregrino hacia otro lugar; y, miràndolo con dedicaciòn, con ojos de querer ser amigo, profundizando en sus recònditas mùltiples vistas, lo supe entregador de muchìsima belleza màs.

Tan palpable como real estaba el recuerdo, que en una suerte de bofetada de la realidad lo creì tener presente materialmente, y allì los venìa transportando: todos los razonamientos me llevaron a comprender que mis niños eran el calco de los Gigantes Dormidos. Dormidos ahora en el viaje, soñando, confiando en mi conducciòn, lo que los hacìa mìos (o al menos que lo crea). El viaje de su feliz infancia…luego vendrà el camino dificultoso de la adolescencia donde deberemos ajustar el manejo para no accidentarnos: es el camino normal en el que se los ve como a niños que enseñar, donde se tiende a querer seguir el objetivo de verlos criados, punto desde donde se pierden detalles de vista en esta tarea que nos ocupa por su bien y por amor a ellos, como la Cordillera vista desde otra mirada que la habitual. Pero en buenahora llega el llamado de atenciòn que nos desvìa de lo comùn –la apertura de ojos que da el aprovechamiento del aprendizaje para superar dificultades-, para detenerse a incursionar minuciosamente por los recovecos de las personitas, y descubrir lo inconmensurable de su grandeza.

Pensaba todas estas cuestiones en sendos monòlogos mentales, tranportando a mis hijos, mis pequeños gigantes; aunque a la sombra de lo que me quedò de escuchar el sermòn de un bautismo el cual asimilè tal cual lo hice con el poema que me emocionò y moviò a regresar con algo propio a ofrendar en la Cruz de Paramillo, causalmente donde fui convocado en aquèl tiempo a descubrir lo mejor de la Cordillera. El sermòn reflejaba la siguiente idea: los hijos son personas de caràcter propio, que Dios nos encomienda a los padres en una infinita demostraciòn de su amor, por confiarnos nada màs ni nada menos que la responsabilidad de formar los seres de su imagen y semejanza, hasta que sean dueños del buen uso de su libertad. Nunca lo olvido.

Hacìa falta que todo se nos diera (al fin) bien, incluso en esa vuelta, en la cual cavilaba transitando por el tùnel del haz propio de luces, avanzando en la negra noche de lo desconocido, marchando a querer hallar salvando la oscuridad, el final del camino. En ese trayecto, durante el viaje de regreso, se me revelò que los pequeños albergaban gigantes, que era indisimulable la obligaciòn de ayudarlos a tomar toda su grandeza.

Que podìa contar para ello con todo lo que estuviera a mi alcance: desde la inmensidad de la Cordillera, hasta la fragilidad de un mechòn de cabello.

 

Aclaraciòn: “Ella” es la fortaleza y el motor del emprendimiento, con todo el misterio que acusa su poca intervenciòn. Artìfice de todo lo demàs realizado que para nada pintan estas escasas lìneas con que uno osa retratar semejantes momentos.

 

Comentarios sobre Los gigantes que descubrì a mi lado II

Muy bueno tu relato! Me alegro hayan podido disfrutar otro pequeño lugar de esta grandiosa Argentina. Y siempre es bueno ver a través de la mirada de otro las cosas a las cuales estamos "habituados" para no olvidarnos de todo lo interesante que tenemos. SAludos

Alejandro | Mendoza. Mendoza.  | 08/08/2011

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