Un destino con forma de ruta

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“1º de enero con 870 km a cuesta”

Viernes 1/01/10

 “1º de enero con 870 km a cuesta”

Era el primer día de un nuevo año y yo estaba en la ruta, como lo imaginé tiempo atrás.

 

Amanecí temprano como siempre. La familia del lugar me brindó un abundante  desayuno. 

La señora del hospedaje me contó acerca del viñedo de dos hectáreas de su esposo. Me informó que la cosecha se lleva a cabo a fines de febrero, después de ello sigue la poda, las ataduras y el riego hasta que florecen nuevamente y se repite el ciclo. Ahora conozco un poco más acerca de la artesanal industria vitivinícola, yo que lo único que conocía del vino es como se descorcha su botella.

 

Me retire del hospedaje más que agradecido, da mucho gusto estar en contacto con personas de sencillo y noble diálogo.

 

 “1º de enero con 870 km a cuesta”

A la salida de Hualfín me encontré con una subida de ripio que durante sus 10 km de extensión, se cobró con mi sudor cada uno de sus centímetros.

 

Durante el trayecto todo se desarrollo con normalidad. Paso por pequeños poblados, contemplo los paisajes, siento el intenso calor y correspondo a la gente que saluda desde sus vehículos. Siento como que cada día se parece al anterior, al menos cuando pedaleo.

 

Creo que al viento le llegó mi comentario anterior respecto a que él siempre se esta yendo ya que una vez más se hizo notablemente presente.

 

La ruta estaba espectacular, el día bárbaro, pero el viento hizo que los 78 km hasta el pueblo de “Londres” pareciesen más.

 

El camino fue mayormente solitario hasta llegar a un cruce denominado “Aguas Claras” donde la hermosura de sus montañas me recibió con un camino de cornisa espectacular y en bajada. Fue un momento que disfruté mucho. A mitad de dicho camino me alcanzan dos ciclistas que habían salido a pasear por las montañas. Ellos eran de “Belén”, el pueblo cabecera del departamento. Acompañaron mi andar durante unos cuantos kilómetros para luego despedirnos con mutuos deseos de éxito.

 

Al entrar en el “centro” de Belén me detuve en una estación de servicios  para hidratarme, comer algo, descansar un poco y probar suerte con mi conexión inalámbrica de Internet. Como no había caso con mi servicio, le pregunté a la encargada del lugar si había Wi-Fi. Con la cara más extrañada que puede alcanzar una persona, me sentenció una mirada negativa a la voz de “No. No hay” Creo que entendió a Wi-Fi como algo inmoral o insultante, como si fuese algún código degenerado propio de las grandes ciudades. Me sonreí en soledad y me marché del lugar.

 

 “1º de enero con 870 km a cuesta”

Minutos más tarde llegué a “Londres”, donde se enorgullecen por ser Capital Nacional de la Nuez.

 

Pregunté a un par de jóvenes si sabían de algún lugar donde pasar la noche y me señalaron la casa más grande de Londres que se encontraba justo en frente de la plaza.

 

Era una casa muy grande, de líneas decididamente añejas y austeras. Luego me comentarían que esta casa contaba con más de 400 años, que antes ocupaba toda la manzana y que había pasado de generación en generación. La familia Zaleme, quienes se dedicasen desde siempre al cultivo de la nuez, son sus propietarios.

 

Me atendió la Sra. Elsa Dora Romero de Zaleme, matrona de la casa cuyos rasgos elegantes inspiraban respeto. Me indicó muy protocolarmente que tendría que compartir una habitación ya que las demás se encontraban reservadas. Sería la primera vez que compartiría el reducto de mi descanso con alguien.

 

Me acomodó en una de las habitaciones que daba a la calle. La gran casa había sufrido reformas edilicias que permitían darle al viajero un espacio independiente. La habitaron parecía un departamento con espacio para una cocina, baño, ventanas y tres camas prolijamente estiradas con sus colchas tejidas en vivos colores. En el medio de todos los objetos de la habitación un hombre muy mayor, de dientes postizos, un ojo nublado, de gruesos lentes y rengo, me contemplaba sigiloso. “¡Vaya compañero de cucha que me toco!” refunfuñe hacia mis adentros.

El Sr. muy cortésmente se presentó: “Mi nombre es Osvaldo Barberan y tengo 91 años”. ¡Guau! 91 años, un montón. Pensé que me iba a atormentar con relatos de sus años mozos y de los pasados buenos tiempos que el vivió pero me equivoqué. Su mejor momento habría de ser cada nuevo instante de su vida.

 

Me señaló donde encontrar cada cosa, como se cerraba la puerta, para que punto cardinal apuntaba la ventana, cual era la canilla del agua caliente de la ducha y hasta desenvainó apenas mi cama mostrándome cual sería mi aposento.

 

Visto que venía de charla la cosa, le propuse que me deje cerrar un rato los ojos para reposar en silencio. No alcancé a terminar la frase que él ya había cargado su termo y su mate para cruzarse a la plaza de enfrente dando rienda a mi comodidad.

 

Al despertarme de la siesta, un poco a modo de agradecimiento por el gesto de retirarse y otro poco por compasión, solté la lengua para charlar con él.

 

Nos pusimos al tanto de nuestras vidas intercambiando datos formales, de que trabajaba cada cual y como estaba compuesta cada una de nuestras familias.

 

Osvaldo resultó ser un interlocutor de primerísimo grado, hablando, escuchando y opinando oportunamente SIEMPRE según su parecer, el cual recalcaba no ser la verdad absoluta, solo era su punto de vista.

 

Me contó de andaba haciendo por Londres (que le gustaba pasar las fiestas ahí), de lo castigada de su realidad familiar, la relación con su esposa, ya difunta, su trabajo, sus viajes con otros jubilados y algo acerca de sus hijos. Su voz era un magneto del cual no podía evadirme. Un tema llevaba al otro y así congeniamos generando un entusiasmado y mutuo principio de amistad.

 

Osvaldo había sido docente de las escuelas Laines, luego supervisor y al final miembro de la Universidad, pero también había trabajado de todo. Es de religión budista, bautizado a distancia en el Ganges, si come de día no lo hace a la noche y parece que le faltase el tiempo para hablar. La gente que pasa por la puerta de nuestra habitación lo saluda y el, a veces, responde con alguna picardía.

 

Hablamos de cultura, de música, de artes, de religión y de otro tantísimo listado de cosas. Ha sabido darme prudentes consejos de abuelo que atesoraré en mi intimidad.

 

Era muy cómico ver como despertaba su interés y se deleitaba con la netbook, Internet, mi cámara digital de fotos y la computadora de la bicicleta; mientras yo le mostraba mis juguetes electrónicos el hacía lo propio con sus pastillas, remedios y ungüentos contándome como se usaba y para que servía cada cosa.

 

Fue un reglo para mi alma haberlo conocido, ahora siento como que Osvaldo estaba ahí, en Londres, esperándome.

 

 

Mientras yo terminaba de ponerme al día con las comunicaciones el me hizo el aguante hasta donde pudo. Cerca de la una de la madrugada se quedó dormido sentado en una silla en la vereda.

 

“¡Osvaldo!” le grité “¡Ahí vienen los ingleses!” Despertándose de un salto respondió “¡A las armas compañero!”. Nos reímos juntos y nos fuimos a descansar.

 

El único detalle que pude encontrarle a Osvaldo fue que dormía con la radio encendida (como lo hacía mi abuela Pepa y mi tía Esther) escuchando al palo un irreconocible estilo musical en AM. No le dí oídos a esa música entendiendo que ella era su osito dormilón.

 

Ésta sería mi última noche en la provincia de Catamarca.

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