Un destino con forma de ruta

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“8 MBNM – Ocho metros BAJO el nivel del mar”

Miércoles 3 de de febrero

“8 MBNM – Ocho metros BAJO el nivel del mar”

La ansiedad por bucear me hizo despertar antes de tiempo, había pasado toda la noche pensando en mi bautismo de “agua” en las profundidades del mar.

 

La mañana se presentaba ventosa, me habían indicado que con determinado viento la marea se hace alta y a veces remueve el fondo tornándolo turbio. Hasta último momento no sabríamos si sería posible sumergirnos.

 

Me acerco a una de las pitucas mesitas que dan a las ventanas del hostel donde un señor me sirve el tibio desayuno que rápidamente terminé antes que la “Señora X” me salga con algún berrinche.

 

Con el entusiasmo que tiene el primero de una larga fila, me presenté a las 8:00 hs en punto en el local que se encuentra frente a la playa dispuesto a entregarle mi vida a Neptuno, a Poseidón o a quien tenga el tridente más afilado. El personal de “SCUBA DUBA” me recibió sonriendo, este pequeño gesto me inspiró confianza.

 

Dediqué un ratito a observar la cantidad de cosas encontradas bajo el agua, antigüedades marítimas, cuadros, fotos y equipos que hay en el local. Estaba maravillado. No había practicado buceo antes y ya me gustaba la actividad. Funciono inversamente proporcional con la mandarina que no la probé nunca pero se que no me gusta.

 

El instructor que dirigiría mi inmersión me dijo que las condiciones del clima eran aptas. Él es una persona muy amable y cercana. Creo que acortamos distancias por tener la misma edad. Observó mi talla y pidió el traje de buzo que debería ponerme. Reconozco que antes de salir lo volví un poco loco con mi curiosidad, le pregunté acerca de absolutamente todo y más. Me gusta saber, conocer, aprender…

 

El traje de neoprene debe sentirse ajustado ya que en el agua “todo se afloja”, es  bien grueso para que no pase el frío ni el agua; consta de tres piezas: botitas, una especie de pantalón “jardinero” y una chaqueta, así el tronco del cuerpo cuenta con el doble de protección. Disfrazado de foca ya estaba listo para irme al fondo del mar.

 

Cruzamos la calle, llegamos a la playa y subimos a la gran lancha que esperaba por nosotros. Éramos 9 los tripulantes entre instructores y buzos, yo el único primerizo, todavía no había nervios,… todavía…

 

Comenzamos un trayecto de quince minutos con rumbo sur, hacia el codo del golfo, frente a unos acantilados donde se encontraban ancladas las plataformas de los distintos operadores de buceo. La nuestra era la más bonita, tenía asientos y una lona dispuesta a protegernos del viento.

 

Todo iba de maravillas.

 

Una vez que bajamos de la lancha, mi instructor comenzó la charla de iniciación y me indicó como respirar por el regulador de aire, como “charlar” bajo el agua mediante señas, como limpiar mi máscara, como moverme, como bajar y como patalear con las aletas. También otros pormenores respecto a la seguridad. El ritmo de mi corazón era el de siempre.

 

Comenzaron a programar los turnos de inmersión ¿quién sería el primero en bajar? El mismo que pregunta. Primera vez, primero en bajar.

“8 MBNM – Ocho metros BAJO el nivel del mar”

Sentado en la escalera de la plataforma, ya con las piernas en el agua, me colocaron un chaleco que, además de poder inflarse, soporta el tubo de oxígeno. Pusieron un cinturón de plomo alrededor de mi cintura y aletas en mis pies.

 

“Ya estas listo, practicá un poco la respiración que bajamos enseguida” dijo mi instructor.

 

Sumergí la cabeza y procedí según lo indicado, solo veía un verde esmeralda eterno. Mis pensamientos y respiración iban perfectos.

 

De la plataforma se extiende un brazo que permite separarse de la base. Por este brazo se desliza una soga que se sumerge en el mar, el final de su longitud es de cadena para que pese y quede un poco más tensa a la hora de bajar por ella. Esta sonda no llega al fondo, solo a mitad del recorrido, es decir cuatro metros bajo la línea de flotación.

 

Todo estaba listo para comenzar la inmersión. El click de la cámara submarina sonó justo cuando terminé de armar el clásico gesto de “TODO OK” uniendo mi dedo pulgar con el índice y levantando los tres restantes. Mi instructor me envuelve con sus piernas y comenzamos a descender por la soguita, en ese momento mi mente se disparó, comenzaron a atormentarme pensamientos mortales y desesperantes. Apenas habíamos descendido 50 cm y ya me había agarrado taquicardia. Fue una sensación de querer salir corriendo de ahí al encontrarme envuelto por el líquido infinito y alejarme cada vez más de mi medio natural. Cada nuevo segundo que pasaba menos aire me entraba, no podía respirar, estaba padeciendo eso que los científicos, luego de muchos años de investigaciones, han denominado como CAGASO. La situación llegó a crítica cuando de urgencia solicite al instructor subir a la superficie.

 

“Sáquenme de acá, esto no es para mí” gritaban mis pensamientos.

 

Luego de recuperar el aliento volvimos a intentar un nuevo descenso, bajamos unos pocos centímetros más por la soguita pero mi mente se disparó de nuevo y la respiración se me cortó otra vez.

 

“Arriba, arriba” le indicaron mis alocadas manos al instructor.

 

Es una sensación desesperante querer hacer algo que tu mente no te deja. Todas las condiciones estaban dadas para realizar la actividad de manera segura pero sentía el peso de haber pasado 33 años de mi vida respirando con la cabeza fuera del agua y en cuestión de minutos tener que convertirme en anfibio resultaba ser un desafío mayor. Pensé en abandonar, en decir basta, no me importaba perder el costo de la excursión, solo quería seguir vivo y respirando con mi cabeza fuera del agua.

 

Fue entonces cuando una de las instructoras que estaba en la plataforma se acercó y me dijo que lo que yo sentía era normal, que debía aguantar ese primer segundo de “miedito”, que me tranquilizara y que al ver el fondo todo sería distinto. Le hice caso y nos hundimos por tercera vez.

 

Esta vez fuimos descendimos a mi ritmo, fui yo quien le dijo al instructor cuanto bajar por la soguita poco a poco. Uno de los secretos fue no mirar hacia arriba para no tomar conciencia de cuan lejos se encuentra la superficie.

 

Llegamos a la parte de la línea que es de cadena y descubrí que ya estábamos a mitad de camino, esta vez mi ritmo cardíaco se encontraba estable. Cuando era necesario debía “compensar” la presión que ejerce el agua sobre mis oídos tapándome la nariz y soplando por ella. Nos soltamos de la sonda y me entregué por completo a las aguas. Fue como abandonarme y que sea lo que Dios quiera.

 

Dios quiso que pasados unos segundos comience a ver un maravilloso arrecife natural. Buceamos un poco y llegamos al fondo del mar.

 

El miedo y el pánico le dieron lugar a una sensación de indescriptible plenitud. El sonido de mis burbujas de aire era lo único que escuchaba, mi alma se cautivó con el bosque submarino, con los peces que mordisqueaban nuestros dedos, con las estrellas y erizos de mar que tuve en mis manos y con los colores inimaginables de la profundidad.

 

Le solicité a mi instructor que ya no me lleve agarrado, que me deje bucear libremente, en caso de sentirme inseguro yo le tomaría el brazo a él. Accedió.

 

Experimenté un éxtasi tal que ya no sentía ni miedo, ni frío ni nada. Todo era placer e ingravidez. Mi instructor tomaba fotografías mientras yo paseaba por ahí.

 

Dicen que el agua es la fuente de la vida. Reconozco que allá abajo, a ocho metros de la superficie, me sentí mas vivo que nunca. El tiempo me resultó poco, al final no quería subir, quería seguir buceando.

 

“Pensar que no querías bajar y ahora no te podíamos subir” me dijo la simpática instructora una vez que volvimos a la plataforma.

 

Fueron casi veinte los minutos que estuvimos bajo el agua, pero eso no importa. La indescriptible satisfacción que me colmaba y el placer de haberlo realizado nada saben del tiempo.

 

Medir la belleza de la vida con un reloj es algo impropio, una equivocación a la que recurrimos habitualmente en función de intentar justificar las cosas. El tiempo por si solo nada logra, es lo que hacemos con el tiempo lo que marca nuestra vida y la de quienes nos rodean. El secreto no esta en el “cuanto” sino en el “como”. Con la bicicleta me pasa lo mismo.

 

Aguardamos en la plataforma que el resto de los buzos realice sus inmersiones mientras tomábamos unos calentitos mates salados por el mar.

 

Una vez terminadas las operaciones submarinas, abandonamos la plataforma para volver a la costa en la gran lancha. En todos los rostros, aún en los de mayor experiencia en buceo, era posible distinguir esa íntima satisfacción de haber compartido secretos con el mar.

 

Llegamos a la playa y entre todos ayudamos a sostener la lancha para poder descender los equipos y cruzarlos hasta el local. Una vez ahí todo era risas y anécdotas. La calidez humana del grupo se vivía en cada gesto, en cada palabra.

 

Sequito y vestido de persona nuevamente me despedí de todos sonriente y a los abrazos, la profundidad del mar nos había hermanado.

 

Emprendí mi regreso al hostel con una sonrisa imposible de borrar, la tenía como petrificada en mi boca y arraigada en mi corazón.

 

Eran apenas pasadas las 11:00 hs cuando la “Señora X” me abrió de mala gana la puerta del hospedaje. Al verla me dispuse a esperar y ver con que nuevo delirio me saldría. Poco fue lo que esperé…

 

Antes de terminar los nueve pasos que me permiten llegar a mi habitación veo todas mis pertenencias afuera tiradas en el piso.

 

“¿¡Y esto!?” le disparé sin paciencia a la mujer.

 

“El check out es a las 11:00 hs querido, vos no sacaste tus cosas así que te las saqué yo. Dame las llaves del locker”

 

“Señora, pasaron apenas unos minutos después de las 11:00 hs, podría haber esperado a que yo llegara. Mas vale que no me falte nada” le dije en un tono que hacía tiempo no escuchaba.

 

“Dale querido, dame las llaves del locker que lo necesito” insistió esta persona.

 

Cabe destacar que en el hostel no había nadie, solo ella, la mucama y yo. La situación se tornaba cada vez más tensa.

 

“Espere que me doy un baño y le devuelvo la llave” repliqué.

 

“Ahh no querido, ahora no te podes bañar. Si te querés duchar me tenés que pagar extra” contestó el personaje.

 

“¡¿Qué?! Justamente anoche no me bañé para no gastar agua y ahora Ud. me va a negar una ducha” a esta altura me la devoraba con la mirada.

 

“Eso es problema tuyo querido

 

Enojadísimo, y esforzándome para no mandarla a ese preciso lugar que todos sabemos cual es, le solicité lo siguiente:

 

“Señora: no me diga más querido porque si Ud. me quisiera me dejaría pegar un baño.”

 

Quebrada la relación comencé a embalar mis cosas, en mi piel persistía la memoria del mar.

 

Todavía faltaba para la salida del micro con destino a Comodoro Rivadavia pero no quería pasar ni un segundo más dentro de ese miserable lugar, así que decidí ir directamente a la terminal y esperar allá.

 

Le iba a solicitar que llamara por tu taxi pero preferí ignorar a la “Señora X” hasta que salí del hospedaje.

 

Desde la ochava de la esquina toreé algunos taxis que me hicieron “ole” por no querer subirme la bicicleta hasta que un gentil remisero se detuvo y cargamos todo.

 

“8 MBNM – Ocho metros BAJO el nivel del mar”

Llegué a la terminal y di comienzo, con mis bártulos a cuesta, al insufrible peregrinar de 30 metros hasta la cafetería. Cuando tomé asiento, recibí el llamado de mi amigo Jorge Paz, aquel muchacho que se detuvo con su familia en Mendoza para darme una mano. El estaba ansioso por recibirme en su casa de Comodoro Rivadavia. Acordamos los horarios de mi arribo y nos dijimos hasta luego.

 

Desde la ventana de la cafetería pude observar como el clima se puso agresivo de repente. Un viento que levantaba las baldosas se arremolinaba en las afueras de la terminal generando columnas de polvo y basura. Corroboré lo que mis ojos veían con los datos oficiales del servicio meteorológico nacional: (textual)

 

Por la mañana:

Nubosidad variable. Probabilidad de lluvias y lloviznas. Vientos fuertes a muy fuertes del sector oeste con ráfagas, rotando al sudoeste.

 

Por la tarde:

Cielo nublado. Probabilidad de lluvias aisladas. Mejorando. Vientos con intensidad de temporal a fuertes del sudoeste con ráfagas.

 

¡Mamita! Menos mal que decidí embalar la bicicleta.

 

Chequeaba algunos otros sitios desde mi netbook cuando siento que alguien toca mi hombro por la espalda. Giro mi cabeza y encuentro a un señor francés que había cruzado en el hostel. Este caballero es jubilado y también viajaba solo con su bici. Casi no habíamos cruzado palabra en el hospedaje, pero ahora me reconoció y se acercó. Se estaba por sentar a unas mesas de distancia pero lo detuve y lo invité a compartir la mía. Este señor me dijo su nombre pero no alcancé a entenderlo ni la cuarta vez que me lo repitió. Resulta complicado intentar comunicarse con los franceses ya que no hablan ni una palabra en inglés y mucho menos en castellano. Esto mismo me sucedió con otros de sus compatriotas que crucé por la ruta. Llegado el caso fue lo de menos, el “monsieur invitó unas cervezas y dialogamos a través de varios brindis.

 

Pasaban los minutos y el francés no presentaba intenciones de retirarse, como pudo me indicó que me acompañaría hasta que llegue el micro. “¡Que grande hermano ciclista!” le agradecí en crudo criollo.

 

Minutos antes a la hora que indicaba mi boleto, nos dirigimos a la plataforma de salida correspondiente, mi compañero cargó la bicicleta y yo el resto de los equipos. Apenas asomamos las narices, la ventolera nos cacheteó. Esperamos en la plataforma que se cumpla la hora de retraso que venía acumulando el micro sosteniendo mis cosas para que no se vuelen. Cuando arribó el colectivo, comenzó la ya clásica escena de discusión con los maleteros por cargar la bicicleta. Esta vez no había inconveniente en subirla, el asunto fue la excesiva cifra que me exigía el jovencito maletero. El regateo duró lo que tardé en mostrarle el dinero que tenía predestinado para su labor.

 

Acordada la propina cargamos todo. Me despedí agradecido del francés deseándole buen viaje.

 

El viento sacudió el micro desde los primeros hasta los últimos kilómetros, yo mientras pensaba… “¿Cómo seguiré con la bici más adelante?”

 

Desde la ventanilla contemplé el monótono y solitario paisaje. Un mar infinito de espinillos y pequeños arbustos resecos se extienden a lo largo de los 440 kms que separaban mi destino.

 

Llegué a Comodoro Rivadavia cerca de las 22:30 hs. A los pocos minutos Jorge Paz y su mujer Miriam Michno ya estaban cargando mis cosas en su camioneta. Ellos se mostraban felices por recibirme; yo, aunque cansado y con la sal del mar aún en mi cuerpo, también estaba feliz.

 

En la casa de Jorge aguardaban por nosotros su mamá, su hermana, sus nenas Aldana, Victoria y el pequeño Enzo. Desde el primer momento sentí la cercanía y gentileza de la familia.

 

Luego de la enorme ducha que me dí, nos sentamos a la mesa donde los añolotis caseros fueron sazonados por varias de mis anécdotas.

 

Ya cabeceaba de cansancio en la mesa cuando me mostraron la que sería mi cama. Con una reverencia despedí a los presentes y caí rendido.

 

El silbido del viento comodorense que se colaba por la ventana no interrumpió en lo mas mínimo a mi profundo sueño.

 

Hasta mañanaaaa… zZ zz ZZ zz…

El espacio de los lectores

q experiencia maravillosa !!! aunque yo me ahogo con el agua de la ducha ja ja ja . me alegro q no pongas el nombre de esa señora y si vamos tendremos q hacernos pasar x extranjeros ya q a los suyos no los atiende como se merecen.... esa parte de tu travesia es para olvidar.

marta

http://www.instantrimshot.com/

Easyrider

hola, alguien sabe por donde anda leo?

dalco

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