Un destino con forma de ruta

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“Atravesando fronteras”

Miércoles 10 de febrero

“Atravesando fronteras”
El micro con destino a Río Grande (Tierra del Fuego, a 365 kms de distancia) saldría a las 8:00 de la mañana. La noche anterior había embalado ya todos mis equipos para no molestar. En mi habitación se encontraban reposando una pareja de rubios ciclistas ingleses, mujer y varón ellos. No mediamos palabra alguna ya que cuando ingresé al dormitorio ellos dormían y cuando me fui lo seguían haciendo. Abandoné el cuarto realizando con esfuerzo la menor cantidad de ruido posible. Por tener todo guardado ya, mi desayuno no fueron los clásicos mates sino un amargo tecito de parado. Se aproximaba nuevamente el desafío de conseguir un taxi que me aventara con bici y todo hasta la terminal de colectivos. Elcira, que tiene sus buenos contactos y conoce de mañas, me consiguió un gentil chofer que no dudó en cargar todo. En las ciudades más pequeñas algunas cosas se vuelven sencillas. Llegamos a la terminal treinta minutos antes del arribo del micro, acomodé mis muchas cosas al lado de un banquito bañado por algunos rayos de sol que se colaban desde una ventana. A mi derecha se encontraba sentado un señor obeso que cargaba un par de muletas. Comienza a darme charla con preguntas acerca de la bicicleta, el viaje y otras menudencias. Su voz y su mirada son frescas e irradian un “no se que”. Luego de dialogar un ratito veo que al Sr. le falta una pierna. Por un momento se me cruzó la idea de comunicarle que le faltaba el miembro ya que él como si nada. Me sorprendió su vivaz forma de expresarse y el entusiasmo con el que me regalaba cada palabra. Todo su ser cobró un brillo especial cuando me contó su sueño. El Sr. vine restaurando desde hace años una chatita Ford A del año 1929. Me cuenta que la lleva a exposiciones y ha ganado hasta trofeos. Su gran proyecto en la vida es terminar las adaptaciones necesarias para recorrer todo el país en ella junto a su mujer. ¡Que hermoso! El día recién comenzaba y la vida, desde temprano, me regalaba este encuentro con gente “del palo” que nada sabe de límites. A este don le faltaba una pierna pero le sobraba capacidad, tal vez la capacidad primordial de la vida: la de soñar. Llegados cada uno de nuestros micros, nos despedimos augurándonos mutua buena suerte. Cargué mi bártulos y la bicicleta sin problemas, por ella tuve que abonar un exceso de equipaje igual a ¼ del importe del pasaje. Cuando estoy por subirme al micro recordé que no había agarrado tierra de Santa Cruz, estaba por abandonar la provincia y no había realizado el ritual de recoger un puñado de tierra autóctona. El micro ya estaba en marcha con todos los pasajeros arriba así que corrí hasta la cafetería, agarré un vasito descartable en desuso y lo llené de tierra que saqué de un manchoncito verde al lado de una columna; lo tapé con una bolsita y aseguré el borde con una bandita elástica anti-derrames. Ahora si: a rodar!!! Acomodado en mi asiento recibo de manos de uno de los choferes un racimo de papeles que debía completar con un montón de datos. Que poner, donde hacerlo y hasta que tipo de letra utilizar eran los cuchicheos de todo el micro, claro que en varios idiomas. Los chinos se llevaban la peor parte de este asunto. Alcanzar Tierra del Fuego implica entrar a suelo chileno para luego retomar más abajo tierra Argentina así que serían cuatro controles limítrofes los que nos esperaban más adelante: uno para salir de Argentina y el otro para entrar a Chile; otro para salir de Chile y el último para ingresar nuevamente a Argentina. A una hora de haber arrancado el micro se detiene en el medio de la nada, pero la nada nada. Lo único reconocible era la ferocidad del viento que sacudía los pastizales y rugía colándose por alguna ranura del colectivo. Se escuchan voces y ruidos de carga, el portón de la bodega del colectivo había sido abierta. Me resultaba muy extraña esta detención así que agudicé mis sentidos para ver como proseguía la cosa. Se cierra la puerta y el colectivo arranca. Se escuchan unos pasos que suben al piso superior del micro y aparecen ellos: la pareja de rubios ciclistas ingleses con la que supimos compartir la habitación en lo de Elcira, esta vez bien despiertos. Ellos habían comenzado a pedalear pero se les tornó imposible continuar debido a las desfavorables condiciones climáticas. Me acerqué, los saludé y los invité a matear en un rato. Ellos agradecieron el convite pero se quedaron en sus lugares durante todo el viaje sin moverse y hasta sin hablarse. Mas allá de lo sintético de nuestro trato, los sentí como compañeros. Éramos tres ciclistas compartiendo el rumbo a la ciudad más austral del mundo. Se me ocurrió pensar que así como los músicos que viajan de un lugar a otro con sus instrumentos en el compartimiento del equipaje siguen siendo músicos, nosotros, los jinetes de las bicis seguimos siendo tales aún avanzando sobre ruedas más pesadas. A modo de juego, continué trazando este tipo de paralelos entre otras realidades: • un marinero es tal aunque se encuentre en tierra firme. • un pistolero es tal aunque tenga enfundada su pistola. • un motoquero es tal aunque su máquina se encuentre en el taller mecánico. • un árbol sigue siendo tal aunque se convierta en silla. • una hija sigue siendo tal aunque se convierta en madre. y otras tantas exquisiteces que me deleitaron por un buen rato, cada tanto me hacían brotar una sonrisa.
“Atravesando fronteras”
Llegamos al primer puesto de migraciones y aduana argentina. Los choferes del micro nos indicaron como proseguir, de a grupos bajábamos con nuestros papeles y documentos en la mano. Ellos respondieron a todas nuestras consultas y hasta asesoraban las inquietudes de personas que no eran parte de nuestro contingente. La verdad es que se portaron de maravillas luciendo su gentileza. El puesto de migraciones es un lugar caótico: hombres, mujeres y niños yendo de mostrador en mostrador, murmullo y bullicio por doquier, colas acá, colas allá, papelito blanco, papelito amarillo, verde, azul y demás, gendarmes armados y ruido de sellos estampados hacían del recinto un cóctel lo suficientemente sufrible; todo esto enmarcado en una caja de hormigón cuya única decoración era la foto de nuestra actual presidenta quien luce una sonrisa poco creíble. El tramiterío nos llevó más de una hora, los choferes nos comentaron que hoy había sido rápida la cosa. De vuelta ya todos en el micro, continuamos nuestro camino por una senda de ripio. Como había sido testigo de la desinteresada y cortés conducta de los choferes en el puesto de migraciones, decidí acercarme para felicitarlos con mi aliento y mis mates. Asomé mi cabeza por la cortinita que separa la cabina de los conductores y le ofrecí un mate a cada uno. “Vení, pasá, quedate un rato con nosotros así nos cebas unos mates” me invitó quien manejaba. ¡Que bueno! Ahora tenía platea preferencial ante el espectáculo del paisaje y dos nuevos compañeros de viaje. Cuando encontré el momento que me pareció oportuno los felicite por su trato en el puesto de control. Debo reconocer que, si bien no dudé en hacerlo, me costó un poquito poner en palabras mis consideraciones, me dio como vergüencita, es algo que lamentablemente no estoy muy acostumbrado a hacer, creo que me salió el docente de adentro. Felicitar a la gente que cumple con su trabajo no debiera llamar la atención pero soy conciente de que cuando alguien hace algo mal en sus funciones y esto me involucra personalmente, suelo reprochar y despotricar; entonces pensé “Si reprocho una actitud negativa, ¿por qué no habría de alentar una positiva?” Al viajar no solo el cuerpo se traslada sino que nuestra conciencia y nuestro espíritu alcanzan otra dimensión de reflexión y sensibilidad. Mate va, mate viene charlábamos un poco de todo mientras en el borde del camino, el paisaje se completa con zorritos y guanacos. Llegamos a un puesto de control chileno donde antes de realizar el trámite migratorio, subieron al colectivo unos carabineros con un labrador negro que olfateando entre nuestras piernas me hizo recordar a Pacha, mi perra. Luego bajamos y realizamos un trámite semejante al anterior solo que en menos tiempo. Recorridos unos cuantos kilómetros por esta tierra tan bella como sufrida, me dice el chofer: “¿Ves esa cola de autos? Bueno, tenemos suerte vamos a entrar todos en la próxima balsa”. Trato de estirar mi cuello con la intención de ver más adelante, y lo que vi me superó: esperaba por nosotros el Estrecho de Magallanes.
“Atravesando fronteras”
¡Cuanta exaltación! Pensar que para mí el Estrecho de Magallanes era algo que solo había escuchado en las clases de geografía durante el colegio secundario y visto dibujado apenas en algunos mapas. Hoy, ahora, lo tengo frente a mí y me emociono. Llego hasta aquí no solo con el equipaje y la bicicleta en las bodegas del micro, traigo conmigo y a cuestas un país entero. Vengo desde la otra punta de mi tierra, tierra que pronto se acaba y es acá donde mi memoria se inunda y mi pecho se hace ancho al hacer presente tantos kilómetros recorridos, tanta gente hermosa, tantos bellos paisajes. Así como los ojos no me alcanzan para ver, el corazón me queda chico para sentir tanto,… tanto… Desde esta costa es posible ver la de enfrente, en el medio un mar rabioso azotado por el viento frío. Son dos las barcazas que van y vienen cargadas de vehículos, veinte los minutos que lleva alcanzar la orilla opuesta. Las barcazas son una especie de plataformas flotantes cuya proa y popa son idénticas. Ambos extremos son rematados por una compuerta levadiza que funciona como rampa. Toda una ciencia aplicada para que las personas crucen, para que la gente se encuentre. Una vez estacionado el micro dentro de la barcaza nos permitieron bajar. La nave cuenta con un espacio vidriado para lo pasajeros más friolentos, yo preferí uno de los miradores exteriores en la parte superior. La salinidad del aire saboriza y reseca mis labios, mis ojos de aquí para allá, no paran un segundo, mis oídos sordos por un viento con olor a mar hacen que mi piel se erice hasta por dentro. Siento que todo lo que hice, y hasta lo que deje de hacer, cobran ahora su máximo sentido y valor. No alcanzo a describir la emoción que se filtra hasta mi último rincón. El viaje alcanzó una magnitud emocionante, cada centímetro, cada metro, cada kilómetro tienen el gusto del último bocado. Cuando bajo la mirada veo unas toninas (especie de delfines blancos y negros tipo vaca) que bailan y saltan al costado de nuestra barcaza. Todo es magnífico, una sonrisa petrificada en mi cara da claras cuentas de mi felicidad. Si bien el día es soleado, el estrecho parece que esta enojado, su rabia choca contra las bandas de nuestra embarcación bañándonos a quienes estábamos afuera. Pienso en el cojonudo Don Magallanes que se le animó a estas aguas en una cáscara de nuez. Íntimamente, me vinculo con él como aventurero, viajero y soñador. Hoy tenemos algo más en común. “Quedate tranquilo Fernando, todo se encuentra como lo debes haber dejado vos, allá por 1520” elevé al silencio de su memoria. Alcanzada la otra orilla seguimos nuestro viaje. El paisaje sigue siendo un océano de pastura secas, hasta donde da la vista (y la imaginación también) no hay nada. Las horas se devoraban a los kilómetros. Superados los nuevos controles limítrofes entramos a la Tierra del Fuego. La última porción de Argentina abría nuestro paso mediante una ruta asfaltada, único indicio de humanidad por estos lares. El arribo a Río Grande no tuvo mayor ceremonia ni protocolo. Llegamos a la terminal de colectivos, bajé mis cosas y el micro siguió su rumbo. Habíamos quedado con Federico y Analía que nos encontraríamos aquí. Iríamos a parar a casa de un conocido de Fede quien ya estaba avisado de nuestro arribo. Mañana ellos cargarían mis equipos en su auto y yo pedalearía hasta Tholhuin. Aunque el clima pintaba desfavorable, me sentiría apoyado por mis amigos. La terminal de colectivos de Río Grande es un espacio privado, como un negocio solo que en vez de vender productos, “vende” el servicio de sanitarios, cafetería y boletos. Me contaron que las empresas de micros deben abonar por aparcar allí, este servicio encarece los costos de los pasajes. Sucede que su horario de atención también es como el de un comercio. Había pasado una hora ya y no había forma de comunicarme con Federico, eran cerca de las 19:00 hs. Café con leche mediante estiré una hora más un poco mas intranquilo; de Fede ni noticias, oscurecía, la terminal estaba cerrando y yo, cansado, no tenía donde ir a parar. Algo tenía que hacer, ya no podía esperar más. Todas las posibilidades que elaboré se disiparon al ver que llegó el último micro del día que iba a Ushuaia. Casi sin pensarlo me arrimé al chofer para consultarle y sin mediar reflexión cargué todo en el pequeño colectivo. Hubiese sido lindo llegar a Ushuaia en la bicicleta pero la realidad atentaba contra mi idea. Es sabido que el hombre propone pero es Dios el que dispone. Por algo serán las cosas como son, no quisiera tener que discutir con El Jefe al respecto, así que acepto su voluntad y listo. Tony, chofer del colectivito, es un muchacho joven y muy simpático oriundo de Ushuaia. Mate en mano me dejó acompañarlo en la cabina. Me comentó que desde hace unos días el clima es de terror y que los pronósticos anunciaban que empeoraría. Uhh… Fueron tres las horas que compartimos en la ruta con Tony, charlando, riendo y hasta soñando. Primer parada Tholhuin, segunda: USHUAIA. Llegué de noche a la ciudad más austral del mundo. Ella se reservó velada, secreta, como una novia que se oculta hasta último momento.
El espacio de los lectores

SOBERBIO!!!! realmente quiero leer el final de tu viaje pero al mismo tiempo no quiero q esto se termine.. sabes hoy el final de tu relato me hizo acordar a los relatos del cocinero FRANCIS MALKMAN , no se si esta bien escrito el apellido , pero si q me acorde de èl .

marta

Leo: Creo que cuando leo tus relatos, y te lo dije en más de una oportunidad, en mi mente se visualizan las imágenes que podrían ilustrar las distintas situaciones, y hasta me imagino tus gestos. Cruzé el estrecho ubicado en la cabina descubierta más alta y sentí lo mismo que vos, y volví a vivir el viaje que hice junto a mi familia. Sos una gran persona y sabes escribir y definir muy bien tus sensaciones y sentimientos. Nunca dejes de soñar.

Héctor

hola me encantaria que me pudieras mandar fotos ya me inmagino que debes haber pasado z lugares hermosos. !!!!! suerte y siempre leo tus relatos........

martin

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