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“Damas, caballeros y niños, con ustedes la Ruta 40”
Miércoles 30/12/09
Amanecí muy cansado y nuevamente me regale la mañana para responder mails, relatar esta aventura y, como siempre tomar unos mates.
Cafayate se iba despertando de a poco, al ritmo de vehículos que salían a excursionar y personas a pasear.
En apartado especial para mis amigos motociclistas, les cuento que he visto muchas motos casi irreales, equipadas a más no poder, muchas BMW, KTM, HONDA Transalp y SUZUKI V- Storm: el sueño soñado. Al ver sus chapas patente deduzco en cada caso su procedencia: europeos, brasileros, chilenos y también algunos argentinos.
A la vez que terminaba de limpiar el mate para guardarlo, jugaba con la mascota del lugar, un hermosísimo cachorro Golden de un año. Le solicité a la propietaria del establecimiento que me indicara como retomar la ruta 40 mientras el bobby me traía una vez más la pelota con la intención de que se la arrojase lejos.
La muy amable señora me indicó con precisión y agregó: -“¡No se te ocurra salir de contramano con la bicicleta! Nuestros guardias de tránsito son muy estrictos y te van a multar si te agarran, llévala caminando a tu lado”. Ese comentario me llamó poderosamente la atención así que procedí según lo sugerido.
De a poco, las casas se fueron haciendo paisaje y el entretejido de calles una sola traza que ya estaba preguntando por mí. También el verde de mis entabacadas acelgas se mimetizó con el de prolijos viñedos.
El primer trayecto fue bastante fáunico. Una víbora muerta en medio de la ruta, unas cotorras negruzcas que desde los cables del tendido eléctrico se burlaban de mí, cabras y ovejas a la vera del camino y unas especies de ardillas mezcla de cuis y carpincho que se cruzaban la ruta sin razón, incrementaron mi cultura animal. También un sin número de insectos, voladores y rastreros, que ni sabía que existían.
Hay un hecho muy curioso al que habría que abordarlo con rigor científico:
“¿Por qué teniendo el resto del planeta para el otro lado de la ruta hay bichos que insisten en cruzarla exponiendo y cuantas veces pagando la osadía con sus propias vidas?”
“¿Cuál es la atracción que existe del otro lado de la ruta?”
“¿Por qué no se van a explorar hacia el lado en el que están?”
Muchas preguntas,… pocas respuestas….
En una de mis paradas establecidas para estirarme, comer algo y descansar, recibí el llamado de mi amigo Gonzalo quien me llena de entusiasmo con sus palabras. Embalado de alegría encendí mi mp3 para ir escuchando algo de música. Los Auténticos Decadentes sonaron durante varios kilómetros. Una de sus canciones me ordenó:
“Sigue tu camino sin mirar atrás, no te heches a menos estirate a más”
Esa frase sirvió como eslogan para toda mi jornada.
Como quiero ser positivo, no voy a pensar que cuando asfaltaron el tramo desde Cafayate asta el límite con Tucumán, solo tuvieron en cuenta a los ciclistas que realizan esta travesía de sur a norte ya que el pavimento desde la línea central hacia mi lado se encontraba destrozado y del otro lado PERFECTO. Le di lugar a las casualidades para no hondar en la búsqueda de responsables.
Alcanzo el límite con la provincia de Tucumán y la balanza se equilibra a mi favor: el pavimento es ideal tanto de ida como de venida, fue la bienvenida que me brindó el “Valle de Yokavil”
Paso por varios poblados hasta llegar a uno de gracioso nombre: “Colalao del Valle” (Dpto. Tafí). Un banco de la plaza central me invita a sentarme para almorzar precisamente frente a la capilla que honra a “Nuestra Señora del Rosario”, que casualidad ¿no? Los últimos trocitos de aquel queso de cabra se desmaterializaron luego de viajar en unas galletas hacia mi boca. Una niña curiosa se acerca en su bicicleta y simplemente me observa. Abro el diálogo sugiriéndole que tiene el asiento de su bici demasiado alto para su altura a lo que ella me responde que así es como le gusta pedalear, bien estirada. Otra casualidad ya que en esa preferencia coincido con mi nueva amiguita.
Con mis energías renovadas por la ingesta, retomo la actividad. Existe un equilibro preciso al pedalear que es necesario descubrir en función de:
- el peso
- el viento
- la calidad del terreno
- su ángulo de inclinación
- y la relación de las marchas de la bicicleta.
A ciencia cierta no se cuál sería la fórmula que me diera la relación justa, tan solo aprendo este oficio con la práctica como un artesano del andar.
Este viaje tiene algo de arte. Como una obra, fue sentida, pensada, organizada, se puso el cuerpo para su realización para por fin ser expuesta.
Los del mundo de las artes sabemos que el máximo goce está en la realización, en la “hechura” de las cosas. No perseguimos el “fin” sino que nos abandonamos en el “medio”. Hoy estoy aquí, abandonado tiernamente en este medio, la ruta, medio que no es mitad, medio que se hace y me hace entero y eterno.
Nuevamente Los Decadentes tan precisos:
“Si disfrutas cada segundo a pleno serás el dueño de la eternidad”
Pasadas varias horas del recorrido, amenazantes nubarrones pretendían intimidarme, y lo lograron.
Llegado a la intersección de las rutas 40 y 357 (307 según mi mapa) se me complico la cosa. Pintaba la lluvia, no había carteles indicatorios y el camino que supuestamente debería seguir era una espantosa alfombra irregular de ripio.
Pensé, evalué y tomé el camino equivocado para poder descifrar que el correcto era el espantoso. No quedó otra que encararlo.
El primer vehículo que pasó se detuvo a mi lado. Mis agitados movimientos del brazo izquierdo fueron entendidos por el conductor del auto como una señal de auxilio ante un inminente desastre. En realidad estaba estirando un poco las articulaciones y músculos de la mano, que desde hace un par de días siento como adormecida. Aproveché su detención para ratificar mi rumbo. La gruesa y pausada voz del calvo dio respuesta a mi consulta. Lo despedí con mi brazo izquierdo en alto, esta vez sin otros fines mas que agradecerle y saludarlo.
El cacharro que llevo colgado de los tensores elásticos, campaneaba improvisando melodías al ritmo de las irregularidades del terreno. Fueron cerca de diez los kilómetros en los que sonaron sus desafinados “cling, tin, clan, tank”.
Se terminó Tucumán en el medio del ripio y yo ni me enteré. Comenzó muy humilde Catamarca, un cartel del estado nacional me advirtió de ello. Tres provincias de un solo tirón suena a mucho pero fueron ochenta los kilómetros hasta Santa María.
Ubiqué un hotel al que había sido advertido de mi llegada. Después de haber esperado un tiempo prudente y no obtener respuesta fui a parar al “Hotel Pérez”. Un hospedaje económico con aires coloniales, habitaciones de techo alto y galerías alrededor de un patio con cielo de parra.
Una visita de rigor por el centro me hizo testigo de un casamiento que se llevaba a cabo en la iglesia. La plaza celebraba la vida con gente, música, juegos y vendedores ambulantes. Santa María es una ciudad pujante. Me comentaron que hace tres años era un pueblucho y hoy con sus 25.000 habitantes, rebalsa de actividad social y comercial. Mientras buscaba un par de ojotas (para salir del paso ya que las mías las olvidé en Rosario) corroboré lo antedicho.
La cena transcurrió serena en una de las activas esquinas de la plaza central.
El espacio de los lectores
arenosa, arenosita... mi tierra cafayateña... gracias por hacerme recordar con tu relato este lugar Cafayate! que un tiempo atrás fue para mí el comienzo de una nueva etapa y que desde entonces voy a llevar para siempre en mi corazón. Lo que estás haciendo me parece increible, admiro desde ya tu voluntad, tu convicción y por sobre todo el empeño enorme para cumplir tu sueño! Te deseo lo mejor! Saludos
María Inés
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