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“Danza con lobos”
Sábado 6 de de febrero
Cuesta mucho ponerse a escribir cuando una la esta pasando tan bien. Ciertamente estas líneas distan generosamente desde los acontecimientos relatados en ellas. Sucede hoy algo parecido como cuando los tanos: en estas hermosas circunstancias me predispongo exclusivamente a vivir plenamente.
El ritmo doméstico afinó su compás al son del sábado. Primero el desayuno y al medio día el almuerzo. Lo único fuera de lo común a otros desayunos y almuerzos vividos era el fuertísimo viento.
Cuenta una leyenda comodorense que mientras se celebraba un partido de fútbol, el arquero pateó la pelota desde los límites de su área y era tan, pero tan fuerte el viento en contra que en el aire el esférico balón se dio media vuelta y terminó siendo gol en contra. Nadie sabe a ciencia cierta la veracidad de la anécdota, pero parece ser que existe en la zona algún tipo de acuerdo para no tratar el tema ya sea por la desventaja promocional ante el turismo o por respeto de aquel desdichado arquero cuyo nombre y apellido ha sido erosionado por el mismo viento que lo hizo tristemente célebre.
Desde la ventana del living vi a la pobrecita “Sudestada” que desde su embalaje parecía pedirme volver a rodar.
“Aguantame que en cuanto pueda te vuelvo a armar” le transmití a mi bici con el pensamiento.
Jorge estaba muy entusiasmado por llegar hasta la comunidad de lobos en la Punta del Marqués ya que nunca había ido hasta allá, acordamos intentar nuevamente el derrotero que ayer se había frustrado por la marea baja africana. Esta vez iríamos Miriam, Irma (mamá de Jorge), la pequeña y graciosa Victoria (de cuatro años) y yo. La manada estaba completa. Cerca del medio día, cuando el viento nos concedió su licencia, pudimos asomar nuestras narices y salir en busca de nuestra excursión.
Al llegar a la playa de Rada Tilly y desembarcamos de la camioneta enarbolando la bandera del entusiasmo. Esta vez seguro que alcanzaríamos aproximarnos a la comunidad de lobos marinos de un pelo.
Es muy vasta la variedad de bichos y cosas que las saladas aguas acarrean, alcanza con mirar hacia abajo para encontrar algo diferente. Siento que el mar decide con que quedarse y lo demás se lo devuelve a su hermana La Tierra o a sus amigos los hombres.
Por momentos nos maravillamos con las esculturas que provoca la erosión sobre las rocas, nos decíamos mutuamente “Miren acá,… miren allá”.
Nuestros pasos parecían un solo paso y si bien éramos tres generaciones andantes, la manada fue una. Creo que este recorrido no hubiese sido lo mismo al hacerlo solo. Lo que se ve es lo mismo pero lo que se siente cuando algo bello se comparte es bien distinto. Un vez más le agradecí a la vida por darme la posibilidad de estar justito en ese lugar con esas personas.
Luego de aproximadamente una hora y media de caminata, el fuerte viento comodorense trajo hasta nosotros algunos leves aullidos y ronquidos, eran los indicios sonoros de que ya estábamos cerca de la colonia de lobos marinos. Saltamos unos charcos, trepamos unas rocas y sigilosamente, escondiéndonos entre las piedras, llegamos a 150 mts de donde estaban los lobos. Fue un momento de silencioso éxtasis, invadimos su intimidad con la mirada y las lentes de nuestras cámaras fotográficas. Ninguno de nosotros había estado nunca tan cerca de una colonia así en su hábitat natural. Vimos como los machos dominantes sacan pecho ante el harem de hembras, los cachorros siguen de cerca a sus madres, otros se zambullen al agua mientras algunos sencillamente dormían perezosos. En un determinado momento los machos se agruparon y comenzaron a roncar fuertemente, alguno de ellos nos debe haber visto, por eso estaban dando al grupo la señal de alerta por intrusos. Con movimientos torpes empujaban sus barrigas contra las piedras para moverse y buscarse entre ellos hasta que de repente comenzó una estampida que los llevó a todos alrededor de los machos en la punta del espigón natural. En ese momento nos dimos cuenta que algo le sobraba a la escena: éramos nosotros. Cautelosos y sin hacer movimientos bruscos desandamos el camino de piedras y charcos. Lo visto y vivido fue suficiente.
Emprendimos nuestro retorno con la percepción sazonada por la salinidad del ambiente. Así como la sal da gusto a las comidas, conocer y compartir le dio gusto a nuestras almas.
El retorno fue silencioso, tal vez por el cansancio o quizás por que no había nada más que decir, a veces las palabras no solo sobran sino que también estorban. El silencio no es vacío, el silencio es una permanente invitación a escuchar y escucharse (algo muy difícil por estos días).
Pienso en cuantas veces hablamos si decir nada, hablamos con el único interés de escuchar nuestras voces, nada más, como si necesitáramos escucharnos a nosotros mismos para saber que somos, para saber que estamos…
Buscamos por fuera lo que en realidad está adentro. Nos esforzamos en mostrar y no en SER. Aturdimos nuestros corazones con la única intención de estimular nuestra percepción buscando sensaciones efímeras que se disuelven en la nada.
Entiendo que la vida es otra cosa, que al único que le tengo que rendir cuentas es a mi mismo teniendo a Dios como testigo. Entendí que quiero llegar al final de todos mis días cansado, habiendo dado todo, habiéndome esforzado porque sé que el esfuerzo da sus frutos en abundancia. Si de algo me hice experto en esta travesía fue acerca del esfuerzo.
Si lo cuesta es porque lo vale.
Vale la pena buscarse, vale el esfuerzo encontrarse con la única y pura intención de SER. Y si en algún momento nuestro corazón se encuentra vacío, debemos saber que es el momento justo para llenarlo. Llenarlo de vida, de personas, de paisaje y por que no de silencio. El silencio es siempre una oportunidad y nuestro corazón un barril sin fondo donde todo cabe.
Hoy es el mejor día de mi vida sencillamente porque ES. Así lo vivo hoy, así lo quiero vivir siempre.
Al llegar a la casa no hubo tiempo para el descanso, la ceremonia del cordero asado requería de nuestra presencia en la carnicería y en los demás centros de compra para adquirir el resto de los alimentos. Esta noche de sábado sería una fiesta donde celebraríamos la vida misma y más que por mi despedida brindaríamos por nuestro encuentro. Todos estábamos entusiasmados, desde los más chiquitos hasta los más grandes.
Al caer el sol, la casa se lleno con la luz de las brasas. Unas chapas moderaban el viento que azotaba al fuego. El cordero encontró su justa posición en la estaca y se ofrendó crucificado en criolla cocción. La mesa se convirtió en un altar doméstico que se colmó de risas y anécdotas. La felicidad se sirvió en el cáliz del cual todos bebimos hasta embriagar nuestros espíritus de emoción.
La vida se abrió paso a través de cada uno de nosotros y nos mostró lo mejor de si misma.
Si bien todos colaboramos con algo, quien se llevó todos los aplausos fue Jorge. El cordero patagónico asado estaba exquisito. Como recompensa a su labor de parrillero y también como regalo de cumpleaños adelantado (ya que Jorge cumpliría los años en tres días) le regalé una de mis dos camisetas oficiales de la bici travesía. En su rostro se reflejó la alegría que inundó su corazón. Nuestras cámaras fotográficas inmortalizaron el suceso.
Paradójicamente, la noche de hoy duró hasta las tres de la mañana del otro día.
El espacio de los lectores
hola leo, antes que todo te agradesco por enviarme tus relatos y por compartirlos, puedo apreciar que de todos lo que te sucedio el encuentro con estas personas te ayudaron a crecer un poco mas en tu ser y eso se nota en el relato mismo, ya que parte de lo que escribis es de una profundidad insospechada......te felicito por estar enamorado de la vida..un abrazo , jorge
jorge castellano
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