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“Flia. PÁEZ-PLAZA Gracias!!! + Cuesta de Miranda - La Rioja”
Martes 5 de enero de 2010
Con un eterno GRACIAS, me despedí de Silvina y Daniel quienes habían madrugado conmigo a eso de las 7:00 hs. Mili y Rosita dormían todavía.
La mañana estaba espléndida para pedalear, fresquita y nublada; además llevaba un ritmo más que ideal: 20 km/h.
Cuando atravieso el control policial que anuncia la salida de la ciudad de Chilecito, saludo a los oficiales y sigo mi paso. Segundos después siento que me chistan llamándome. “Uhh, que hice”, me pregunté. Ya veo que me juzgan por portación de cara y marcho preso de por vida. El más delgado de los oficiales fue quien, con acento bien pero bien riojano, me hizo algunas preguntas de rigor. Éste en realidad resultó ser un cholulo. Las preguntas fueron una excusa ya que su objetivo era solicitarme poder sacarse una foto conmigo ya que yo era el único argentino que el había visto cruzar por su control llevando a cabo semejante empresa.
“Pero si mi amigo, como no” dije descomprimiendo ese aire de conciencia culposa retenido hasta el momento.
El calor empezó a ponerse casi insoportable, seguía siendo temprano pero parece ser que la temperatura no le hace mucho caso al reloj. También aparecieron mis amigas: las subidas.
Un poquito a pedal y otro poquitito a pie las iba superando hasta llegar al lugar donde se corta el asfalto y comienza el ripio, precisamente en el ingreso a la “Cuesta de Miranda”, un camino de ensueño originariamente realizado a pico y pala. Rojizas montañas, un río que descendía, más arriba el gris y verde de las cumbres altas y el celeste del cielo convertía la escena en una postal multimedia e interactiva.
Elaboré dos hipótesis respecto a la denominación que bautiza al recorrido:
a) Al Sr. Miranda le salió muy caro hacer el camino.
b) El Sr. Miranda fue el primero en quejarse respecto a las dificultades que representa llegar arriba.
En ambos casos bien puesto esta el nombre de “Cuesta”; ya que cuesta subirla, tanto que hasta la cima tuve que caminar con la bici al lado. Me llevó más de una hora alcanzar su punto de mayor altura a los 2020 msnm. Lo tomé como una excursión improvisada de trekking. Eso si, en la otra mitad de la Cuesta de Miranda no me paraba nadie, parecía la flecha plateada de Fangio.
Manejar la bicicleta a altas velocidades en el ripio no es moco de pavo. Las ruedas tienden a clavarse y la bicicleta se cruza pudiendo causar una caída. En dos oportunidades estuve a punto de ir a parar contra las piedras pero mi agilidad pudo superar el contratiempo. ¡Que buena estuvo esa bajada!
El envión me depositó en un caserío que se encuentra a mitad de bajada. Me detuve en un hospedaje con proveeduría para hidratarme. Cuando estoy saliendo del lugar veo a un sudado muchacho que me saluda confianzudo. Sus rasgos no eran propios de la zona. Cuando observo por segunda vez, él estaba también en bicicleta. Resultó ser que se detuvo porque identificó a mis alforjas que son iguales a las de su compañero que venía detrás. Confundido pensaba que mi bici era la de su amigo, por eso la confianza del primer contacto. Eso si, no le cerraba la idea de como su amigo lo había pasado sin haberse dado cuenta. Él es Rafa, su compañero Nicolás. Ambos son de provincia de Buenos Aires y estaban haciendo un recorrido no tan extenso como el mío. Ellos venían subiendo la pendiente que a mí me empujaba. Les dí consuelo diciéndoles que en un rato ellos también se embalarían cuesta abajo.
Nos sacamos una foto y seguimos cada cual para su rumbo.
Al finalizar la cuesta se me apareció, así de la nada, una carretera recta de apariencia infinita. No llegaban los ojos a contemplar su distancia y rectitud. Por suerte el viento me pegaba de través, colaborando a medias con la causa de llegar a “Villa Unión”.
Me encontraba entero y eso que ya habían pasado más de ocho horas desde mí salida de Chilecito. La recuperación física y emocional se notaba.
En algún punto de esa recta interminable, observé a una motociclista que había reventado su neumático trasero y a un camión que llevaba garrafas cuyo conductor estaba auxiliándola. No dudé ni un instante en detenerme para ayudar al camionero a subir la moto de la pobre mujer en la caja del camión. No cruzamos casi palabra; no fue necesario. Nos comunicamos con el universal idioma de la solidaridad.
Continué mi rumbo derechito derechito hasta que el odómetro de la computadora de mi bici decidió indicar 114 km recorridos, justo ahí encontré a Villa Unión.
En una estación de servicios cerca del ingreso, solicité indicaciones respecto de donde poder pasar la noche, ya sea en hospedaje o en carpa. El gentil playero me propuso instalarme con la carpa en la placita frente a la estación, él junto a sus compañeros velarían por mis pertenencias. Estaba dispuesto a gestionar para mí el uso de las duchas de la estación y hasta brindarme una conexión a la red eléctrica. Agradecido de sobremanera, le dí a entender que prefería un lugar un poco más confortable así que me sugirió el hospedaje de “Doña Gringa” a unas diez cuadras de donde estábamos.
Llegué hasta el lugar que es la propia casa de Doña Gringa, una tana jetona que dividió parte de su casa con una especie de biombos de madera y los denominó “habitaciones”. ¡Que más da! Total es por una noche.
Doña Gringa habla a los gritos y repite las cosas dos o tres veces, no quiere que nadie deje las luces prendidas ni el ventilador encendido si salimos de la “habitación”, así sea para asomar la nariz y respirar un poco de aire. Se llega a enterar que le uso el toma corriente para cargar mis baterías y me mata.
La señora tiene varias aves en su gran patio, entre ellos un colorido loro parlanchín. Mientras estaba acomodando milimétricamente la bicicleta donde me indicó la doña, escucho “¡Hola!” “¿Como te va?” “¿Como te llamas?” Intentando encontrar algún humano, o duende (ya que los duendes seguro hablan), descubro al curioso perico que me interrogaba. Por un momento pensé en responderle pero en uno de esos pocos segundos de lucidez que uno tiene al día, pensé “¿para que?”. Dicen que los loros también salen a sus amos. Preferí seguir buscando a ver si encontraba algún duende con quien entablar una conversación sensata.
La noche ventosa me encontró cenando en un resto bar, ubicado al lado de la municipalidad, chateando con mi Amor.
Unos postmodernos reyes magos que paseaban en la caja de una camioneta 4x4, saludaban a quienes se cruzaban, recordando que esa misma noche teníamos que dejar nuestros zapatos afuera.
El espacio de los lectores
hola desde ya te agradezco que puedas narrar de esta manera tan sana y divertida nos trasladamos en flia con tus comentarios nosotros acabamos de hacer un recorrido por el cruce carririñe en el sur con mi hijo de 12 y mi señora y sabemos perfectamente de que estas hablando arriba de la bici se difruta paso a paso con la dificultad que se presente!!! quisieramos que nos cuentes de donde hasta donde pedaleaste para terminar de imaginar tu historia desde ya saludos
luis y flia
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