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“No voy en tren, voy en CAMIÓN”
Domingo 17 de enero de 2010
Madrugué antes que el sol se asome para presenciar el amanecer en la montañas, fue bellísimo. Tomé muchas fotografías y a las 7:00 hs de esa mañana del domingo, ya estaba andando a pie la “Cuesta del Chihuido”
Bonita cuesta pero durísima, muy pronunciada para mi gusto. El subirla me llevó una hora. Estaba fresco así que la caminata fue rendidora.
Al llegar a la cima de la cuesta, justito ahí, se termina el asfalto y comienza un ripio extremadamente agresivo.
“Bueno, al menos lo agarro en bajada” pensé mientras me abrochaba el casco.
El camino estaba áspero hasta que se puso peor cuando aparecieron los “serruchos”, esas ondulaciones que te hacen castañar hasta los dientes.
Tenía que ir frenado pero no mucho para no clavarme en la arena. Es un paisaje muy bonito, sucede que no pude disfrutarlo, el camino no cooperaba, yo tan solo le esquivaba al tortazo.
Perdía concentración cuando me detenía a recoger las cosas que se me iban desprendiendo de la bicicleta: botellas, accesorios, cacharro y demás. Mis ataduras solo tienen éxito en el asfalto.
Lugo de recoger la botella con agua que insistía en desprenderse, me subo a la bicicleta y siento algo raro, como blanda la dirección. Pensé que era una pinchadura pero no, era algo peor: se había quebrado el manubrio a la mitad.
Habían pasado dos horas, 22 kms recorridos y el manubrio dijo basta.
Desde un punto de vista inútilmente optimista pensé:
“Que bueno!, ahora tengo dos manubrios”
Lástima que entre los dos no hago uno, así que mi optimismo quedó como el manubrio.
Empecé a caminar agarrando la bici como podía pensando tranquilo de que algún día llegaría a Bardas Blancas, todavía faltaban más de 10 kms.
Pasaron un par de camionetas tan rápido que echaron tierra (y ripio) a mis esperanzas de ser llevado por alguna de ellas. En eso se arrima un Falcon medio desvencijado que se detiene sin que yo le haga señas. Abre la puerta un muchacho de mi edad que viajaba con su novia y su cuñada. Me pregunta si necesitaba algo, le dije: “Si, un manubrio nuevo”
Le conté mi problema y sin dudar comenzó a hacer lugar en el baúl del Falcon para subir a la pobrecita Sudestada y llevarme hasta Bardas Blancas.
Mi primer ángel de la guarda del día se llamó Gustavo. Viajaba hasta un caserío denominado “El Manzano” donde con las chicas ejercen atención primaria de salud. Gustavo es encargado de la ambulancia de Bardas Blancas, así que se conocía a todos allá. Me alcanzó hasta su puesto base donde me presentó a su compañero de trabajo quien estaba dispuesto a conseguir un manubrio viejo o algún pedazo de caño para ponerle a la bici y así poder seguir viaje hasta encontrar un local de bicicletas en algún pueblo próximo.
Como era temprano todavía, le dije que iba a estar en la ruta (a cuatro cuadras de ahí) probando a mi suerte con la intención de que alguien me lleve hasta….. hasta más adelante.
Me saqué la ropa de ciclista, acomodé algunas cosas, corroboré que el traslado en Falcon se había cobrado mi caramañola de agua y preparé unos mates para hacer mas corta la espera.
No había pasado ni siquiera una hora cuando veo venir por la ruta a un simpático camioncito verde. Le hago señas y se detiene. El conductor era Antonio, un macanudo fletero mendocino que llevaba materiales para una escuela en construcción en “Ranquil Norte”, a 120 kms de donde nos encontrábamos.
Le pregunté si podía llevarme y me dijo que sí.
¡Perfecto! Mi día había comenzado mal pero la cosa se estaba equilibrando.
Antonio sería mi segundo ángel de la guarda del día.
Comenzamos el recorrido en el camioncito charla y mates mediante.
Antonio no hablaba mucho, pero respondía con ganas a los estímulos de mis curiosas preguntas.
A pocos kilómetros de Bardas Blancas se termina nuevamente el asfalto y comienza un camino de ripio totalmente destrozado. Mientras veía el terreno pensaba en las amarguras que me estaba ahorrando al ir en camioncito. Seguramente hubiese roto alguna otra pieza de la bicicleta (o de mi cuerpo).
Nos cruzamos con algunos vehículos que tenían problemas, uno se apagó por completo al recibir tantos golpes del camino y al otro se la habían aflojado algunos tornillos de la sujeción del portaequipajes. El camino es bravo de verdad.
Llegamos a un lugar que Antonio me había adelantado en uno de sus escuetos comentarios, se llama “La Pasarela” es una cuenca volcánica por donde pasa el Río Grande: una maravilla de la naturaleza. Allí sacamos unas cuantas fotos y volvimos a calentar agua para el mate.
Luego de casi tres horas llegamos a “Ranquil Norte” (7 casas y una escuela albergue en construcción; nada de bicicleterías) donde nos esperaban los obreros de la escuela que merendaban con cerveza y tabaco. Eran siete caballeros que desde hacía más de un año estaban parando en una casa alquilada. Me llamó la atención el orden que mantenían, sus camas estiradas y el respeto por el espacio de cada uno. Eran como una familia, se llevaban muy bien entre ellos. Me ofrecieron pasar la noche en la casa y cualquier otra cosa que estuviese a su alcance. ¡Que distinta es la gente lejos de las grandes ciudades!
Como todavía faltaba bastante para el ocaso, les comenté que tenía fe de que alguien me levantaría para alcanzarme hasta “Buta Ranquil”, a 60 kms de aquí.
Nuevamente en la ruta con la bici rota me puse a hacer dedo, a decir verdad me senté al costado del camino con mi dedo en el bolsillo; el domingo estaba muy tranquilo y no pasaba ni el tiempo.
Los obreros fueron a descargar los materiales que habíamos traído en el camioncito verde. Cuando volvieron me despedí de Antonio más que agradecido.
Había pasado un rato no más cuando uno de los muchachos de la obra me propone llevarme en camioneta hasta “Barrancas”, un pueblo “más grande” a 25 kms de ahí. Les debo haber dado lastima tirado al costado del camino así que arreglamos el traslado por una tarifa equivalente al consumo de gasoil ida y vuelta, de paso ellos tendrían señal en sus teléfonos celulares para poder contactarse con sus familias.
Al final este domingo resultó ser un día maravilloso, conocí muchas personas, me llevaron a pasear en diversos vehículos, llené mis ojos y mi alma de montañas multicolores, paisajes de ensueño y hasta le esquivé al ripio.
La vuelta al “Monte del Milico” nos indicó que ya estábamos a punto de atravesar la frontera interprovincial que demarca el Río Barrancas.
Neuquén me recibió con la forma del pequeño poblado llamado “Barrancas”.
Me despedí de los muchachos y seguí probando a mi suerte al costado de la ruta. Esperé aproximadamente dos horas a ver si alguien me levantaba pero nada. Decidí reprogramar mi avance y dejarlo para el día de mañana, ya eran casi las 20:00 hs. Busqué un hospedaje, me bañé y me fui a cenar al comedor del lugar.
Allí me indicaron que una combi salía a las 6:00 s de la mañana rumbo a “Buta Ranquil” (a 36 kms) y “Chos Malal” (a 120 kms). En Chos Malal tendría más posibilidades de conseguir el repuesto que necesitaba por ser ésta una ciudad más grande.
Me retiré a descansar dispuesto a madrugar.
En mi prolija habitación del día, el sueño me encontró ya dormido…
El espacio de los lectores
Me gusta tu descripción. Conozco muy bien la zona y sus pobladores. Soy geólogo y he pasado muchas temnporadas en los lugares que mencionas. Puedes agredecereles desde tu lugar de origen llamando a Radio Malargüe(02627-471160-470658), le dices que quieres dar "un comunicado" a Gustavo, Don Lorenzo y Adriana ( hosteria de Bardas Blancas) que ellos oirán con gusto tus palabras de agradecimiento y aquellas personas conlas cuales te hayas cruzado en tu travesía. "El comunicado" se escucha todos los días a las 13hs. Lo esperan ansiosamente. Es casí el único medio de comunicación. Saludos, Ricardo
Ricardo
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