Un destino con forma de ruta

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“Río Gallegos,… cerca.”

Lunes 8 de de febrero

“Río Gallegos,… cerca.”

Los 780 kms que separan a Comodoro Rivadavia de Río Gallegos se me hicieron más largos de lo que son. El micro paraba en cada pequeño poblado que aparecía en el horizonte. Descargaban aquello que supieron abordar en la terminal de la discordia: cajas de aspirina, consejos envueltos y hasta abrazos enrollados. Cualquier pequeñín paquetito era suficiente para justificar las innumerables paradas que dejé de contar cuando me aburrí.

 

Durante el trayecto escuché al problemático chofer citar la anécdota de la terminal de Comodoro, obviamente contaba una versión que lo dejaba bien parado. A la tercera vez que escuché el mismo relato, me puse los auriculares y me tiré en el fondo del micro donde me dejé abrazar por mi música y un par de asientos vacíos.

 

Desde que amaneció ya no pude dormir más, resignado me dispuse a observar la inmensidad de la nada desde la ventanilla. Habían pasado muchos kilómetros desde que el día se abrió en el cielo hasta llegar a la discreta y sencilla terminal de colectivos de Río Gallegos.

 

Con mis bártulos a cuesta, llegué hasta la oficina de atención de una empresa de viajes que tiene servicios hasta Río Grande. Mi idea era armar la bicicleta ahí y pedalear los 200 kms que restaban para llegar a Ushuaia.

 

Resulta raro ver argentinos por estos lugares, ya la mayoría de las personas que me cruzo son extranjeros.

 

 Para hoy lunes no había más boletos, para mañana martes tampoco, así que tuve que sacar pasaje recién para el miércoles. Perfecto, pasearía un par de días por la capital de Santa Cruz.

 

Un considerado taxista accedió a cargarme la bici embalada y hasta me aconsejó un albergue, el de Doña Elcira.

 

Cuando llegamos Elcira abrió la puerta de su hospedaje y me regaló una sonrisa, la doña me cayó bien desde un primer momento. Me encanta ver a la gente sonreír. Ingresé mis equipos mientras Elcira me comunicaba las normas de convivencia del lugar. Ella es más bien viejita pero sabe llevar su negocio a la perfección.

 

El prolijo y limpio lugar rebalsaba de extranjeros, mi cama era una de las cuatro que completaban la segunda habitación de la planta alta. Acomodé más o menos mis cosas y me tiré rendido entre las sábanas. Era cerca del medio día pero antes que hambre yo tenía sueño. 

 

“Río Gallegos,… cerca.”

Desperté de a siesta sin saber muy bien donde me encontraba, si en Salta, Mendoza o Río Negro. Cuando se me acomodaron un poco las ideas deduje donde estaba.

 

Mi infalible compañero, el mate, le dio calor a mi cuerpo. La tarde se presentaba alo nublada, el viento era fatal.

 

Medio litro de agua después de la primer cebada, saque de mi equipaje la indumentaria de abrigo, recuerdo aquella extrema tarde de calor en La Rioja donde jamás se me hubiese ocurrido que llegaría a usar durante el viaje mi campera de montaña Northland.

 

Elcira me dio un planito que me guió por toda la ciudad. Casi automáticamente mis pasos buscaron al agua como primer destino del paseo. Llegada a la costanera me fue posible contemplar la bravura del mar y la redondez del planeta concentrándome en la línea del horizonte. Camino y pienso…

 

Pienso en lo mucho que recorrí hasta el momento, en la belleza de nuestra ARGENTINA, en la gente que conocí, en mis seres queridos que alientan desde Rosario, en la inmensa cantidad de personas que pellizcan mi sueño  visitando el blog de la travesía, en lo hermoso que es compartir… pienso también en lo cerca que estoy de mi destino y siento como que no quisiera llegar, como si al arribar a Ushuaia el sueño cumplido me hará despertar, es algo raro estoy feliz, quiero llegar a la vez que quiero seguir.

 

Sobre la costanera encontré un artefacto tecnológico que despertó mi curiosidad. Era el resultado de una investigación de alumnos de un instituto técnico, se denominaba: “Solmáforo”. El Solmáforo es un dispositivo lumínico bien parecido a su hermano mayor (el semáforo) que en lugar de dirigir el tránsito, advierte a las personas de la “cantidad” de sol que hay. Si la luz es verde puedes tomar sol tranquilo de la vida, si esta amarillo ponte protector solar y si la luz indica el color rojo más bien quédate debajo de la sombrilla. Muy interesante.

 

La costanera termina donde comienza un barrio muy pintoresco. Si bien nunca estuve todavía en EEUU, las casas del barrio se asemejan a esas de las películas con la cerca blanca, el verde y cuidado césped sobre las aceras, las paredes entablonadas de color pasteles donde todo el mundo es feliz. También las viviendas se parecen mucho entre sí, como que mantienen un mismo estilo; lo denominé “Barrio Yanki”. Aquí no hay perros de guardia, ni gruesas murallas, ni alarmas, ni vigiladores, ni alambres puntiagudos. Por un momento sentí la tentación de abrir una de las puertas para comprobar si las casas estaban cerradas con llave. Parece un universo paralelo.

 

Más en el centro encontré algunas construcciones denominadas: casas de pioneros. Están muy buenas, me gustan, cuentan su historia en unos carteles indicadores emplazados en la vereda. Mientras leía e cuarto renglón sonó mi teléfono celular, era Federico, un periodista mendocino colega de Carlos Vacarezza (“A toda Costa TV”) quien me venía siguiendo los pasos. Me sorprendió cuando me dijo que quería conocerme y ver si podíamos filmar algo de la travesía.

 

“Ok, Fede, ningún problema, sucede que estoy en Río Gallegos, ustedes donde andan?” le dije.

 

“Nosotros también estamos acá, decime la dirección de tu hospedaje que a la nochecita te pasamos a buscar, queremos cenar con vos.” respondió Federico.

 

¡Que bueno! Ya tenía planes para esta noche, lo que más me entusiasmaba era conocer a Federico y Analía (su mujer) ya que me venían alentando con su cariño desde varias provincias atrás.

 

Llegado a lo del Elcira prendí la netbook para ponerme al día con los contactos y matié hasta que me pasaron a buscar.

 

“Río Gallegos,… cerca.”

Federico y Analía son dos personas geniales, su buen trato y cercanía me hacen sentir como si fuésemos amigos de toda la vida. Me cuentan que leen juntos mis relatos, esperan ansiosos las novedades de mis pasos y que en algunos momentos se emocionaron hasta las lágrimas al leer determinadas anécdotas. “Guau”, pensé. Jamás me hubiese imaginado que contando mi experiencia, tuviese semejante llegada a personas que no conozco, es en mi vida algo tan nuevo como fuerte.

  

Encontramos en una parrilla el lugar justo para cenar, compartir y brindar. La charla que mantuvimos fue maravillosa, en cada tema que compartimos se colaban nuestros sueños, anhelos y expectativas de vida.

 

Federico es una persona sumamente agradable y sensible, Analía aporta su dulzura a una pareja que contagia su amor por la vida. Cuando cuento alguna anécdota graciosa, Federico estalla en carcajadas hasta llorar de risa y palmea mi espalda como apaciguando su fervor, yo disfruto de mi recuerdo pero más me alegro por poder compartirlo.

 

Con la promesa de reencontrarnos mañana para compartir unos mates por la tarde nos despedimos en la puerta de lo de Elcira.

 

Ya en mi cama, ese espacio tan íntimo que revive cada noche, una vez más le agradecí a la vida por ofrendarse ante mí a través de hermosas personas.

El espacio de los lectores

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