Un destino con forma de ruta

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“Viviendo en Comodoro Rivadavia”

Viernes 5 de de febrero

“Viviendo en Comodoro Rivadavia”

Me había acostado con la intención de levantarme lo más tarde posible. Era viernes, no tendría que pedalear, mi familia adoptiva me invitó a quedarme todo el tiempo que quisiese en Comodoro Rivadavia  y las copitas de la noche anterior colaboraban con la noble causa de remolonear hasta tarde.

 

Frustrado se vio mi descanso cuando a las despiadadas nueve horas de la mañana sonó mi teléfono celular. Con sobradas ganas de revolearlo por la ventana atendí apenas despierto. Era Héctor, del Club del Acampante, quien quería saber por donde y como andaba.  Charlando un rato le compartí lo que el dolor de cabeza me dejó recordar, persistían en mí los resabios del exceso etílico, en criollo: resaca.

 

Me había desacostumbrado a trasnochar y a brindar tan efusivamente. El costo de esta “cañita al aire” fue un día entero de modorra.

 

Después de dar algunas vueltas en la cama a ver si Don Sueño aparecía de nuevo, decidí a regañadientes darle fin a mi reposo. Con la intención de reconstruir un poquito mi aspecto me pegué flor de baño y me afeité.

 

En la cocina me esperaban los Paz-Michno mate en mano. Esta mañana se habían sumado la mamá de Jorge y su hermana quienes me reclaman y hasta casi exigen que les cuente anécdotas de mi viaje. Es un clima hermoso el que se respira en la casa, igual al de la canción de Peteco Carabajal “Como pájaros en el aire”, lo cotidiano se vuelve mágico.

 

Es éste uno de los maravillosos imprevistos de la travesía. Jamás me hubiese imaginado pasar varios días en la casa de alguien que conocí en la ruta. El destino sigue sorprendiéndome y sé ofrenda con lo mejor que tiene: las personas.

 

Mate va, mate viene,  intentamos proyectar las actividades del día con nuestra velocidad reducida, estábamos todos “atortugados”

 

“Viviendo en Comodoro Rivadavia”

El cumplimiento de unos quehaceres administrativos nos condujo hasta el centro donde Miriam realizó algunos trámites mientras Jorge me mostraba y contaba la historia de “El Chenque”, un atractivo cerro que quedó enclavado en el centro de la ciudad tras su constante expansión. Desde allí es posible contemplar la inmensidad del mar y los alrededores. 

 

Comodoro es una ciudad viva y completa. Jorge me cuenta que viene creciendo muchísimo en los últimos años gracias a la explotación del petróleo. De momento parece que las calles quedan chicas.

 

Fue suficiente tan solo una hora en el centro para que me dieran ganas de volver a la casa. Intento escaparle (cuando se puede) al vértigo de las grandes aglomeraciones urbanas. De a ratos como que extraño la soledad de la ruta, esa fusión tan íntima y especial que aprendí a saborear.

 

La hora del almuerzo nos encontró reunidos en torno a la mesa familiar preparando una mini excursión para la tarde. La idea cobró forma de trekking por la playa de Rada Tilly hasta llegar a la comunidad de lobos marinos, un paseo entre el mar y los acantilados de la Punta del Marqués.

 

La propuesta era buena pero nos costó arrancar, seguíamos en modalidad “slow”.

 

Más tarde de lo previsto Miriam, Jorge y yo cargamos en la camioneta una mochila con agua, termo, mates y galletas. Ya estábamos listos para comenzar la aventura.

 

Camino a Rada Tilly cruzamos a una señora muy humilde con cuatro niños a cuesta justo al comienzo de una pronunciada subida. Jorge no dudó en detenerse y ofrecerles un aventón. La mujer nos contó que iba al basural a juntar “algo” y que llevaba a sus niños para que no quedasen solos en la casa. Sentí en el pecho la marcada diferencia entre nuestras realidades, nosotros contentos paseando despreocupadamente y esta familia yendo a rebuscar la vida entre desechos. La mujer se llamaba Miriam, igual que la esposa de Jorge, hablaba correctamente y sus niños estaban humilde pero prolijamente vestidos e higienizados. Jorge, que es un tipo que se desvive por dar una mano, le preguntó por donde vivía  ya que pensaba llevarle luego algo de ropa en desuso y alimentos. Cuando llegamos al relleno sanitario la mujer se mostró muy agradecida, más aún cuando Miriam abrió su billetera y su generosidad cobró forma de billete. La señora, en un primer momento, no quiso aceptar el dinero pero Miriam insistió diciéndole que con eso compre algo para los chicos. Con sus ojos empañados nos agradeció saludándonos hasta que nos alejamos.

 

Este gesto tan simple, tan cercano, tan humano también a mí me emocionó, en silencio incorporé esta lección que me daba la vida.

 

 

“Viviendo en Comodoro Rivadavia”

Llegamos a destino sabiendo que había marea roja, así que no podríamos recolectar bichos del mar para comerlos, deberíamos conformarnos con algunas conchas marinas, ostras petrificadas, caracoles y demás caparazones a modo de souvenir.

 

Cuando comenzamos a caminar la marea comenzaba a subir muy lentamente. Elaboramos diversas hipótesis respecto al por que sube o baja la marea. La que más nos convenció fue la que propone lo siguiente:

 

Pensando en un balde con agua hasta la mitad. Si lo inclino para un lado ésta se escurre hacia ese lado abandonando su borde opuesto.

 

Concluimos que el planeta es como el balde que al girar produce el mismo efecto: cuando la marea baja acá, ésta sube en África y viceversa.

 

Resultaba ser que si seguíamos hasta donde nos habíamos propuesto llegar, al regresar la playa se encontraría sumergida ya que , según nuestros cálculos, en África estaba bajando la marea.

 

Habíamos salido muy tarde. Por eso decidimos postergar nuestro objetivo. Los mates dieron consuelo a nuestro reducido recorrido.

 

Sentados entre las piedras no solo compartimos la merienda sino que el paisaje nos convidó a conversar profundamente de historias de vida y diversos aspectos de nuestras realidades personales. Nos sentimos como hermanados, compartiendo también nuestros anhelos y sueños. Éste fue el sello que nos unirá por siempre.

 

Regresamos en silencio, como digiriendo lo compartido. Yo pensaba en lo mucho que me costaría decirle a Jorge que mañana sábado tenía pensado partir con rumbo sur hacia Río Gallegos.

 

Llegados a casa nos despatarramos cada uno en la primer superficie mullidita que encontramos.

 

Luego de un dudosamente merecido descanso me propuse comunicarle a Jorge mis planes. Sin anestesia le dije:

 

“Jorge,… mañana me voy”

 

Su permanente sonrisa se borró de repente y su mirada como que intentó buscar consuelo en un desdibujado horizonte. Su reacción fue la de alguien que recibe una trágica noticia. Por algunos minutos se mantuvo callado y cada tanto me miraba. Al final rompió el silencio diciendo:

 

“Leo, no te podes ir todavía, tenés que probar  el cordero patagónico”

 

Su extorsiva coartada dio resultado, él sabía que durante toda la travesía  nunca me había negado a un asado.

 

“Ok Jorge, me quedo un día más pero el domingo me voy, tamo? Mañana a la noche hacemos el cordero” le respondí.

 

El clima del hogar cobró nuevamente su jovialidad.

 

La noche llegó justo cuando el cielo comenzaba a oscurecer, dentro de la casa la luz de nuestras almas iluminaron la mesa que se revistió de pizzas y películas.

El espacio de los lectores

Holaa Leoo!! estamos disfrutando de tus relatos y sinceramente es muy conmovedor en la forma de qe te expresas y nos haces sentir más esos momentos vividos...más aún cuando nosotros estamos es tus recuerdos! Siempre te tendremos presente en nuestros corazones. un beso enorme...esperamos verte pronto FLIA.PAZ

Aldana Paz

Ya han pasado casi 2 meses del último relato. Qué paso al fin????

Elgrinch

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